El cementerio general de Manta es un espacio atiborrado. Unas cuatro hectáreas rebosantes de tumbas, 15 mil más o menos, entre ellas la de una niña que vale 250 mil dólares.

Es también el hogar de otra niña que alguna vez hallaron en el basurero municipal, una recién nacida a la que abandonaron y que fue sepultada allí por la compasión de alguien que dio un espacio para su cuerpo.  
Pero la protagonista de esta historia no es esa niña, sino  la que hace 25 años fue hallada entre los escombros que dejó la caída de un avión en el barrio La Dolorosa.

Y por la que hasta hoy a la medianoche se puede reclamar una indemnización de 250 mil dólares, pagada por la aseguradora de la Million Air, empresa que operaba el avión que se accidentó.
La niña tenía once años aproximadamente, pero hasta ahora no se sabe quién es, de dónde viene o qué hacía en el lugar del accidente. O, quién sabe, tal vez iba en el avión.  
Empecemos por el ahora.
Acá, en el cementerio general, los obreros: pintores y albañiles, trabajan sobre las bóvedas que este 2 de noviembre (Día de los Difuntos) serán visitadas por los que se quedaron a llorar los muertos.  
Una de esas tumbas, blanca como muchas en ese lugar, tiene dos ramos de rosas plásticas rojas y una leyenda que dice “A la niña del accidente del avión, 22 de octubre 1996”.
A 18 kilómetros de allí y 20 minutos de viaje, en el sitio Los Bajos de Montecristi, Jairo Briones, uno de los abogados que gestionaron las indemnizaciones a los perjudicados del accidente, intenta recordar todo lo que se ha dicho de la niña hasta ahora, y es muy cauteloso en lo que cuenta. “Lo que le voy a decir es la historia más fuerte, la que más se comentó, y hoy, que ya vence el plazo para reclamar el dinero, creo que es oportuno contarla”, expresa.
Narra que muchas personas le dijeron que la niña iba en el avión.
Había sido regalada a uno de los tripulantes por una pareja joven y muy pobre que tenía un familiar trabajando en el aeropuerto de Manta.

A través de él la ingresaron a la nave para que la llevaran a Estados Unidos. “Lastimosamente, el avión se cayó y la niña murió, por eso es que no se sabía de ella; imagino que los familiares, que sí debería tener, pensaron en el lío legal que se les podía venir y por eso nunca llegaron a preguntar por ella”, indica.  
Aquella historia la escuchó meses después de la caída de la nave, cuando ya todos empezaban a preguntarse de dónde había salido la niña. Se la contó una damnificada de la tragedia, y años después la volvió a escuchar de otras personas y por años la ha guardado, porque solo es eso: una historia, igual de enigmática como su protagonista.

>Una visita. Flavio Reyes lleva más de 60 años trabajando en el cementerio general de Manta. Allí  construye bóvedas, las cierra cuando ya despiden al muerto, y cada año por estos meses las pinta.
En 1996 le propusieron cerrar la bóveda de la niña de La Dolorosa, pero le pagaban muy poco, así que le cedió el trabajo a otra persona.
Eso sí, año tras año le limpia la tumba, se la pinta y hasta flores le pone para que se vea bonita.
“Este año ya no he ido; me duelen las piernas para caminar, ya estoy por los 80 años y ya no estoy tan mozo como antes”, expresa acostado en una hamaca, bajo la sombra de un árbol.
Flavio cuenta que un par de veces, hace más de diez años, se encontró a una mujer frente a la bóveda de la niña. La estaba limpiando y le preguntó quién era,  pensando que se trataba de  un curioso, como los muchos que llegan a mirarla o dejarle flores.
La mujer le respondió que era la tía de la niña. Que ya habían conversado con el sacerdote de ese entonces, pero no había cómo demostrar el parentesco y tampoco estaba segura de que le creyera lo que le contó. ¿Qué le contó? Flavio no sabe, ella no se lo quiso decir.
Dice que la mujer decidió dejar todo como hasta ahora: en misterio. Luego la vio otro año, y de allí ya no se la ha encontrado.
Él cuenta que no había escuchado la versión de que la niña iba en el avión, más bien piensa que vivía por La Dolorosa y sus padres fallecieron en la noche del 22 de octubre de 1996.  
Esa noche de la que se cuenta que el avión sufrió una falla mecánica en la turbina del ala derecha y cayó. De la que se dice que transportaba catorce toneladas de flores y pescado. La noche de las Fiestas del Comercio, a las 22h40, cuando el cielo se iluminó en Manta y el avión cayó encima de la iglesia La Dolorosa, destruyendo además otras 50 casas y dejando el misterio más grande que se conoce en la ciudad, el de la niña de La Dolorosa o la del accidente del avión, ya no la de los 250 mil dólares. Eso se acaba hoy.