Es urgente restaurar las cuencas hidrográficas: reforestar con especies nativas en áreas críticas como las cuencas de los ríos Portoviejo y Chone.

Ecuador se enfrenta a un desafío climático que exige acciones inmediatas. Nuestro país es megadiverso y bendecido por abundantes recursos hídricos, sin embargo, enfrenta una paradoja crítica: mientras el cambio climático altera patrones de lluvia y acelera el derretimiento de glaciares, la gestión insostenible del agua profundiza la vulnerabilidad de ecosistemas y comunidades.

En Manabí, donde el 80 % de la economía depende de la agricultura y la ganadería, esta crisis se agudiza. Sequías prolongadas, seguidas de lluvias torrenciales que arrasan cultivos y erosionan suelos, son la norma. El río Portoviejo, sinónimo de vida, ha reducido su caudal en un 30 % en dos décadas, según datos del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología.

La sobreexplotación de acuíferos ha provocado intrusión salina en pozos comunitarios. El problema radica en modelos productivos intensivos, deforestación y falta de políticas públicas. El 60% del agua en Manabí se destina a riego, pero el 40% se pierde por infraestructura obsoleta y métodos ineficientes, como riego por inundación. A esto se suma la destrucción del 40% de los bosques nubosos de la cordillera costanera, vitales para la recarga hídrica. Estudios de la ULEAM proyectan un aumento de 2ºC en la temperatura para 2050, lo que reducirá aún más la disponibilidad de agua.

La crisis también expone desigualdades profundas. En las zonas rurales, el 30% de la población no tiene acceso seguro a agua potable, según el INEC. Mujeres y niños dedican horas a recolectar agua de pozos no tratados, exponiéndose a diversas enfermedades. La solución requiere un giro radical hacia la gestión integrada y comunitaria. Primero, es urgente restaurar las cuencas hidrográficas: reforestar con especies nativas en áreas críticas como las cuencas de los ríos Portoviejo y Chone. Segundo, modernizar la infraestructura de sistemas de riego por goteo subsidiados y cosecha de agua lluvia en zonas secas. Tercero, fortalecer la gobernanza de las juntas de agua rurales, que ya al gestionar el 60 % del recurso en Manabí, necesitarán apoyo técnico y financiero para enfrentar desafíos climáticos.

Ecuador tiene la oportunidad de convertir a Manabí en un laboratorio de adaptación climática, donde la tecnología y el conocimiento ancestral converjan. Si no se prioriza el agua como eje de desarrollo, no habrá agricultura, turismo ni vida posible en la provincia. La sequía no es solo un fenómeno natural, es un espejo de nuestra incapacidad para valorar y proteger el recurso que nos da vida.

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