En el aula de clase, bajo el amparo de la cátedra de Filosofía Política, propuse recientemente a mis estudiantes un ejercicio de aparente sencillez: definir la esencia de un demócrata. La pizarra no tardó en llenarse de conceptos cardinales: la soberanía popular, la rendición de cuentas, el respeto irrestricto al Estado de derecho y el rechazo tajante a la violencia y al populismo. Sin embargo, el punto de inflexión del debate ocurrió cuando el grupo, unánimemente, identificó a Nelson Mandela como el arquetipo de esta conducta. Este hallazgo no es menor; en un país donde la política suele ser sinónimo de trinchera, evocar a Mandela es rescatar la reconciliación frente al abismo del divisionismo y la violencia.
Ser demócrata, como bien concluyeron los estudiantes, trasciende el acto procedimental de depositar el voto en las urnas. El verdadero espíritu democrático radica en una disposición ética ante el poder. Mandela demostró que la fortaleza de un líder no se mide por su capacidad para aniquilar o humillar al adversario, sino por su templanza para incorporarlo a la construcción de un orden común. Tras veintisiete años de presidio bajo el régimen del apartheid, su respuesta no fue la revancha institucional ni la sustitución de una opresión por otra, sino la edificación de una democracia constitucional robusta y pluralista.
Esta lección adquiere una urgencia dramática cuando la proyectamos sobre el Ecuador contemporáneo. Vivimos asediados por una profunda polarización afectiva, un fenómeno patológico donde el debate de ideas ha sido suplantado por la deshumanización del otro. En nuestro ecosistema político, el rival ya no es un interlocutor con tesis distintas, sino un enemigo existencial al que se debe destruir. Esta deriva destruye los cimientos de la convivencia social, erosiona las instituciones democráticas y reduce el ejercicio público a un juego estéril de suma cero.
Ante este escenario, lo verdaderamente disruptivo en la política ecuatoriana de hoy en día es atreverse a ser como Mandela: atreverse a tender puentes, respetar la independencia de las funciones, tolerar la crítica y aceptar la alternancia democrática. No necesitamos caudillos mesiánicos que instrumentalizan las reglas para concentrar el poder, sino estadistas que entiendan que su paso por la administración es transitorio y que su principal legado debe ser el fortalecimiento institucional.
La democracia no es un estado natural; es una construcción diaria, individual y colectiva, con forma y mandato institucional, que exige demócratas decididos a defenderla. Este ejercicio de aula nos recuerda que la academia sigue siendo ese faro donde es necesario diseñar el reencuentro nacional. Nos urge recuperar la política como la ciencia del bien común; de lo contrario, seguiremos atrapados en la tormenta de nuestras propias discordias.