Para ciertos grupos urbanos, el acceso al lujo todavía se mide por la obtención de bienes materiales y la ostentación de logotipos visibles: casas grandes, automóviles llamativos, vestimenta con exhibición de marca, entre otras preferencias de alarde.
Sin embargo, ante una entrada mayoritaria a aquello, el concepto del lujo se transforma hacia lo intangible; esto es: rutinas tranquilas, desconexión digital, paz y una gran libertad para decidir cómo utilizar el tiempo. Desayunar sin prisa, caminar sin la necesidad de un teléfono, tener tiempo para leer y autoeducarse, disfrutar de jornadas laborales flexibles, dormir bien, mantener diálogos reales sin mirar la pantalla, escribir en un diario, pasear en un parque o meditar en silencio, dejan de ser actividades ordinarias para convertirse en privilegios que determinan el disfrute del auténtico lujo silencioso, más allá de adquirir bienes y servicios de calidad.
Esto es libertad, la máxima, aquella que brinda autonomía, seguridad, alegría y paz. Esto no es romantizar la vida perfecta, sino reconocer que el bienestar depende de aquello que decidimos excluir: exceso de ruido, compromisos innecesarios y comparación constante. Diríamos que el mayor símbolo de prosperidad en el presente no es demostrar cuánto se posee; por el contrario, evidenciar un control absoluto sobre el tiempo propio.
El nuevo concepto de lujo es la serenidad que nace de vivir con convicción y no con la necesidad de aprobación. La certeza de que las decisiones que tomamos corresponden a nuestros valores y no a la determinación social. Entonces, la idea del lujo no es un objetivo común como ocurría con los bienes tangibles, en la que mientras más es mejor; por el contrario, depende de cada uno y la definición propia del éxito, es decir ¿qué significa una buena vida desde mis principios? Luego, actuar con coherencia. Pensar, decir y hacer con alineación. También aprender a renunciar a ideas y círculos sociales que no están en esta búsqueda y reducir la necesidad de validación externa.
Por supuesto que la convicción no elimina la incertidumbre, pero sí ofrece un dirección y un timón propio que aporta calma. Una conciencia tranquila, el dominio sobre uno mismo, un vida que no necesita justificarse, la discreción como fortaleza, despertar sin prisa y acostarse sin ansiedad, elegir el ritmo propio, actuar con intención, el silencio que evita el reconocimiento, la belleza de disfrutar sin la necesidad de impresionar, el autocuidado, menor miedo y la coherencia son los nuevos lujos.