Dos candidatos disputan la Presidencia. Fueron dieciséis. Cada uno tuvo sus adherentes. Concluida la primera fase, quienes no votamos ni por Arauz ni por Lasso, nos vemos las caras unos a otros y nos preguntamos: ¿y ahora?

¿No  hay otra opción? ¡Claro que la hay! Depende del prisma con el cual miremos nuestra patria. 
La sociedad ecuatoriana es inequitativa, existe concentración de la riqueza en pocas familias, quienes a su vez detentan el poder económico y político en el país. De ahí que encontramos los mismos apellidos rimbombantes y de linaje en el ejercicio de la función pública. Luego, entre ellos se casan, se hacen compadres, mezclan capitales y empresas, ponen presidentes, diputados y se alían con caciques en cada provincia. No son más de unas 360 familias principales, y otras tantas que reciben lo que cae de la mesa de los señorones, en total, unas 570 familias.
Rafael Correa tuvo la habilidad de dividir a estas familias para entronizar su poder. Utilizó el Servicio de Rentas Internas para poner en jaque a quienes se atrevían a levantar su voz de oposición. Otro grupo de empresarios bajó la cerviz a cambio de que sus ganancias fluyeran. Como al fin se trata de una sola masa de enfamiliados, todos ganaron. La política keynesianista de Correa hizo que la inversión pública masiva procurara trabajo para mucha gente, ganancias para los empresarios, movimiento de la banca, demanda de bienes y servicios con lo cual se activó la producción y la oferta. Correa gobernó con las cámaras, la banca y los empresarios. 
¿Qué pretende Lasso? Eliminar la intervención del Estado para otorgarle al mercado todo el poder; instalar el neoliberalismo criminal sobre el sufrimiento y las lágrimas de millones de ecuatorianos, reeditando el delito de lesa humanidad de la época de Mahauad, pero esta vez, con el aditamento del fanatismo religioso, puesto que Lasso es Gran Maestro del Opus Dei. 
¿Cuál es la tercera opción? La de las organizaciones sociales, populares, de cholos, negros, montubios e indígenas. La de la gente del común, la de los trabajadores de la ciudad y el campo, la de los desempleados y subocupados, artesanos y obreros, jóvenes y jubilados, pequeños y medianos campesinos, pescadores artesanales, es decir, de la gran mayoría de ecuatorianos que sufrimos la marginación y que históricamente hemos sido utilizados, elección tras elección, para que sobre nuestra espalda se afirme y consolide el poder de esas 570 familias y de los caciques locales.
La tercera opción es la del voto nulo. La de quienes creemos que los pueblos de Ecuador, en su diversidad, debemos cultivar y  fomentar la pluriculturalidad y purinacionalidad, reconstruir el ejército de las Montoneras Alfaristas en la nueva etapa histórica que vivimos, para avanzar hacia una sociedad de justicia y progreso social, sin amos.
 
Luis Emilio Veintimilla Ortega