Cada vez que encendemos la cámara frontal de nuestros teléfonos, no nos asomamos a un espejo, sino a filtros que actúan como un jurado de belleza, herramienta que, sutilmente, unifica facciones, blanquea pieles, borra líneas de expresión y afila narices bajo un patrón. Su función es clara: domesticar la mirada, estandarizar el deseo y colonizar el autoconcepto.
En esta era de la simulación digital, la categoría cultural de la fealdad ha sufrido una mutación perversa. Tradicionalmente vinculada a lo asimétrico o lo transgresor, hoy la fealdad se redefine simplemente como la materialidad pura del cuerpo no editado. El rostro real, con sus poros abiertos, sus asimetrías naturales, sus manchas biográficas y el digno devenir del tiempo, es leído por el dispositivo tecnológico como una anomalía, una suerte de "falta de edición" que debe ser corregida de inmediato para ser socialmente viable en el mercado de la validación digital.
Este secuestro de la fisonomía ha provocado una quiebra subjetiva sin precedentes. Al habitar una insatisfacción crónica, el individuo contemporáneo padece una especie de alienación especular, rechaza su corporalidad porque es incapaz de sostener la perfección matemática del filtro en el plano de lo tangible. Es la belleza higienizada y muerta del código binario imponiéndose sobre el caos vivo de la carne.
Ante esta ortopedia estética globalizada, que borra las huellas de la etnicidad, el arraigo territorial y la historia comunitaria para transformarnos en mercancías visuales en serie, urge reclamar una trinchera contracultural: "el derecho a ser feo y radicalmente humano".
Reivindicar la fealdad en el siglo XXI no es un llamado al descuido ni una oda a la autocompasión; es un acto de insubordinación política y de sabotaje a las redes y los filtros. Implica defender la opacidad de nuestros rasgos frente al escáner homogeneizador del algoritmo. Declararse "feo" ante el tribunal del like significa arrancar el cuerpo de las lógicas del consumo y devolverle su derecho más elemental a la imperfección, a la arruga que narra una experiencia y a la fisonomía que nos conecta con nuestros ancestros.
Frente a la dictadura del rostro perfecto y plastificado, recuperar la soberanía estética y abrazar nuestra hermosa, caótica e impredecible humanidad es, quizás, el último refugio de la libertad.
Pero no podemos finalizar este texto sin señalar que ese simulacro de belleza es aprovechado por mujeres y hombres para enamorar y embaucar, tal es el caso del guapo de Jipijapa, que utilizó varios filtros de redes para ilusionar a consumidoras de la belleza masculina y obtener dinero. Un colega, citando a su padre, me dijo: "¡Que haya pendejos, aunque no haya invierno!".