Nuestra selección se fue del mundial como merecía, superada ampliamente por un rival que nos revocó la visa y nos devolvió al purgatorio futbolístico. En general, fuimos un equipo consumido por sus propios errores, atormentado por las necedades de su excéntrico entrenador, y con una dirigencia bajo constante y merecida sospecha.
El triunfo ante Alemania fue un espejismo. Compramos la ilusión de una hazaña, que vista bajo la lupa de la objetividad, no luce tan épica. Derrotamos a una potencia jubilada de baja actualidad. Esa victoria nos hizo olvidar que, desde las eliminatorias, navegábamos en un mar de dudas, sedientos de conexiones ofensivas, escuálidos de gol y fantaseando con una solidez defensiva que hacía aguas.
En Ecuador la gente está cabrera y lesionada en su orgullo, no por la eliminación del mundial o por el bullying mexicano; total, somos un pueblo acostumbrado a la derrota deportiva y al menosprecio de las potencias. El enojo nacional proviene de la forma en que perdimos. En aquella lluviosa noche mexicana, el Azteca nos quedó grande, la Tri nos decepcionó, nos avergonzó, y en una patria herida y futbolera, el pueblo demanda justicia.
La cacería de culpables del papelón mundialista comenzó y sera inmisericorde. Ya nos lo decía Gustave Le Bon, en su libro "Psicología de las masas", al describir cómo la gente desciende "varios peldaños en la escalera de la civilización" cuando se la expone a situaciones como esta. Por mi parte, convoco a la mesura. Debemos aceptar que en el fútbol, la victoria y la derrota conviven en la misma cancha.
Jorge Valdano, el argentino campeón del mundo en 1986, conocido como el "filósofo del fútbol" por sus profundas reflexiones sobre el Rey de los Deportes, en la temporada 94/95, mientras dirigía al Real Madrid, después de que su equipo, pese a jugar un gran partido, cayera derrotado ante el Sportin, en la intimidad del triste camerino, encaró a sus jugadores y con voz tranquila les dijo: "Cuando se juega así, hay permiso para perder".
La expresión de Valdano no es una apología de la derrota ni un consuelo de mediocres, sino una defensa al valor de la estética, la valentía y la vocación ofensiva en el fútbol, como valores innegociables que elevan el amor por un equipo, inclusive, más allá de la derrota. La Tri de Beccacece no tendrá ese privilegio.
"Nuestro juramento", aquel melódico y solemne pacto que cantamos emocionados como una sola patria tras vencer a Alemania, fue solo nuestro, del pueblo, no de los jugadores, ni de los dirigentes, y peor del técnico. Ellos rompieron ese juramento.