Nuestra sociedad atraviesa épocas en las que resulta fácil sucumbir a la tentación del desaliento. La inseguridad, la corrupción y la crisis financiera han sustituido rápidamente a los abrazos, las manifestaciones y la algarabía social con que recibimos al 2026.

El relato popular adquiere connotaciones peligrosas cuando la resignación y la desesperanza reinan sin mayor oposición. ¿Estamos condenados al fracaso? Pienso que esa afirmación, además de imprecisa, es paralizante y, por tanto, debe ser cuestionada.

¿Cómo alteramos el fatídico desenlace que nos aguarda? Primero, cambiando el relato que nos contamos. Pues, como afirmó Gonzalo Ortiz en Primicias: “Nada se reconstruye desde el menosprecio propio. Ninguna sociedad se salva repitiéndose que está perdida (...) recomenzar no es negar la gravedad de la situación, sino negarse a aceptar que lo peor tenga la última palabra”.

En circunstancias tan opresivas, viene bien preguntarnos: ¿sabes qué descubrió Viktor Frankl en Auschwitz? Que había gente que, incluso en un campo de concentración, seguía ayudando a otros, y gente que se rendía el primer día. La diferencia no era la situación, sino la actitud.

Frankl, quien durante cuatro años sobrevivió a varios campos de concentración nazis, transformó aquella abrumadora experiencia en su maravilloso libro El hombre en busca de sentido.

Contrario a la adictiva cultura de la queja, que nos postra en una interminable condición de víctimas, sumiéndonos en la indefensión y la dependencia, propongo una postura rebelde, subversiva y liberadora. Resistir es vencer. Aquella consigna, inmortalizada por el político español Juan Negrín, nos orienta a plantar cara a la resignación que derrota a la esperanza antes siquiera de luchar.

A pesar de que los enemigos son múltiples y violentos y de que, por ahora, el triunfo no sea más que una expectativa de un futuro distante, vale la pena rebelarse. Hay una victoria íntima y poderosa en resistir. De la resistencia nace la esperanza y, de esta, brotan relatos nuevos, entonados por generaciones renovadas, con bríos capaces de enfrentar los males que enfermaron a la nación.

Hay quienes creen que Ecuador es una causa perdida; sin embargo, hay algo profundamente revolucionario en seguir creyendo en una esperanza que el mundo insiste en negarnos; en seguir creyendo que se puede vivir con dignidad donde otros solo siembran decadencia; en no dejarse domesticar por el horror de una guerra de apariencia interminable. Quizá muchos no veamos la llegada de ese pacífico amanecer; no obstante, la liberación del país debe escribirse desde ahora.

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