La quema del año viejo es una tradición profundamente arraigada en el país, pero debe realizarse con responsabilidad, previsión y respeto por los espacios comunes.
El uso descuidado del fuego y de explosivos puede convertir una manifestación cultural en un riesgo innecesario para personas, infraestructura y recursos.
Cada 31 de diciembre, a la medianoche, calles y plazas se llenan de hogueras improvisadas. Muchas se encienden sobre calzadas asfaltadas, aceras o cerca de cables y viviendas. El calor deteriora el asfalto y, con la llegada de las lluvias, aparecen baches que luego demandan recursos públicos para su reparación. Además, cada año se registran accidentes por manipulación imprudente de monigotes y material pirotécnico, hechos que pueden evitarse.
La tradición debe mantenerse, pero sí se requiere cuidado al practicarla. Elegir zonas seguras, alejadas de estructuras y personas, es una obligación ciudadana. Cuidar los bienes públicos es cuidar recursos que pueden destinarse mejor a salud, educación y servicios básicos.
Despedir el año con conciencia es la mejor señal de que se espera un futuro mejor, no solo simbólicamente, sino con responsabilidad real.