Con el permiso de mis lectores, hoy me concedo una licencia poco frecuente: hablar de la única fecha que ningún hombre puede olvidar sin renunciar a una parte de sí mismo. Nací el 24 de julio de 1957, cuando la mañana todavía olía a tierra húmeda y el río Daule-Peripa dictaba el ritmo de la vida en la parroquia Pichincha, del cantón Bolívar. Allí, donde el agua no solo calmaba la sed, sino que enseñaba el significado de la permanencia.

Uno cree que nace un día determinado, pero la verdad es que continúa naciendo durante toda la existencia. Cada decisión, cada derrota y cada esperanza terminan por moldear al hombre que aquel niño apenas intuía que llegaría a ser. Sin embargo, el origen permanece intacto. Hay un hilo invisible que siempre conduce de regreso a la primera luz, al primer paisaje, al rumor del río que acompañó el primer aliento.

He llegado a la convicción de que quienes nacen cerca del agua reciben una lección anticipada. Los ríos jamás se detienen; avanzan sin pedir permiso, sortean obstáculos, abrazan las orillas y, cuando parecen perderse, encuentran un nuevo cauce. Esa obstinación serena termina infiltrándose en el carácter de quienes crecen contemplándolos. Quizá por eso entendí muy temprano que la vida no consiste en esperar tiempos favorables, sino en atravesar los desfavorables con la dignidad suficiente para no avergonzarse del camino recorrido.

Desde aquella ribera comenzó una historia hecha de trabajo, responsabilidades y servicio. No fue una marcha triunfal ni un desfile de certezas. Como toda vida auténtica, estuvo marcada por errores, rectificaciones, pérdidas y afectos que dejaron huellas imborrables. Pero también por la convicción de que ninguna existencia encuentra sentido si no mejora, aunque sea un poco, la vida de otros.

Los años tienen una costumbre implacable: pasan sin consultar nuestra voluntad. Lo verdaderamente importante no es cuántos acumula un calendario, sino qué permanece cuando el ruido desaparece. Permanecen la palabra cumplida, la mano tendida en el momento oportuno, el deber asumido sin necesidad de aplausos y la tranquilidad de mirar hacia atrás sin sentirse un extraño frente al propio reflejo.

Doy gracias a Dios por aquel 24 de julio de 1957. No porque represente el comienzo de una biografía, sino porque fue el punto de partida de una deuda permanente con la tierra que me vio nacer. Cada cumpleaños es menos una celebración y más un acto de memoria. Un recordatorio de que todos somos pasajeros, pero también custodios de un legado. Y el mío empezó allí, donde el Daule-Peripa sigue corriendo con la misma paciencia de siempre, como si quisiera recordarnos que el tiempo pasa, pero los verdaderos orígenes nunca se marchan con la corriente.