Nada dura para siempre, ni siquiera el Mundial de fútbol. Con solo 39 días de duración, el torneo fue un fugaz oasis de alegrías, tensiones y tristezas para millones de fanáticos urgidos por un descanso de tanta guerra y corrupción. El mundo entero, con su frenético e incesante ritmo, quedó detenido en una pausa de hidratación. La vida, vivida en ciclos de 90 minutos; la vida, entretenida por un caprichoso balón.

Inspirados por la disciplina monástica que Galeano se imponía cada cuatro años, desde el partido inaugural hasta la final, nos dedicamos con exclusiva devoción a la entretenida tarea de describir con palabras las emociones del Mundial. Y así, religiosamente, durante siete semanas, extirpamos del habitual menú de esta trinchera de ideas toda temática ajena al balompié. Fuera de casa, con el ánimo de espantar a curiosos e impertinentes, colgamos un letrero que decía: Cerrado por fútbol.

La final del Mundial se presentaba como un partidazo, un enfrentamiento entre dos ídolos de generaciones distintas: Messi —jubilándose— y Lamine —bautizándose—. Una España que venía bailando rivales y una Argentina épica que llegaba cosechando hazañas. Sin embargo, la enorme expectativa se desinfló rápidamente.

Desde el pitazo inicial, la banda sonora que marcó el ritmo del partido fue la sinfónica española. Una obra maestra de época, creada hace 20 años por Aragonés, mejorada por Del Bosque y, finalmente, afinada por De la Fuente. Todos ellos, entrenadores ganadores que enseñan más con el silencio y la pausa que con la grandilocuencia y la novelería. Autores de un proceso exitoso que, desde 2008, le entregó a España dos Copas del Mundo y tres Eurocopas.

Por su parte, Argentina, limitada de fuerzas, plagada de años y lesiones, se presentó al campo con los próceres de Catar, de las Copas América y de la Finalissima. Mas su estirpe no fue rival para la sinfónica roja, que la redujo al tamaño de un equipo barrial. Admirablemente, pese a todo, a punta de lucha y sufrimiento pudo alcanzar el alargue. En el ocaso del partido, y con los penales a la vista, llegó el gol de Ferran. Se hizo justicia: España, campeón del mundo.

Desde la próxima semana, esta columna de opinión retorna a su programación habitual. Y ya desde lejos, en el horizonte, se puede ver un territorio electoral agitado y confuso. O, como se describiría en términos futbolísticos: elecciones con cancha inclinada y árbitro en contra. Ojalá estos vivos de temporada entendieran que, en la vida como en el fútbol, todo tiene su final, nada dura para siempre. Y ustedes no serán la excepción. Nos vemos la próxima semana.