La enseñanza del idioma inglés en los planteles educativos necesita una mejora urgente y real, no solo en el discurso. Hoy, muchos estudiantes pasan años recibiendo clases y aun así, cuando se enfrentan a una persona que habla inglés, se quedan en blanco, no entienden lo que les dicen y tampoco saben cómo responder, ni siquiera en situaciones básicas.

Eso genera frustración, vergüenza y la sensación de que el idioma es algo inalcanzable.

El problema no es solo de los estudiantes; tiene que ver con métodos repetitivos, exceso de memorización y poca práctica real. Se enseña a llenar cuadernos, a conjugar verbos en exámenes, pero casi nunca a escuchar, hablar o equivocarse sin miedo. En muchos casos, los propios docentes hacen lo posible con pocos recursos y poca capacitación continua, lo que termina afectando el resultado final.

En un mundo cada vez más conectado, no dominar el inglés se vuelve una desventaja enorme. Nuestros jóvenes salen al mercado laboral con menos herramientas que otros profesionales de la región o del mundo. Se cierran puertas a becas, empleos, investigaciones y oportunidades que podrían cambiar vidas. No es un lujo saber inglés, pues está demostrado que es una necesidad básica para competir.

Mejorar la enseñanza del idioma inglés no significa que se tengan que copiar modelos extranjeros, sino adaptarlos a nuestra realidad. Más conversación, más escucha, menos miedo al error. Si logramos eso, los estudiantes no solo aprobarán una materia, sino que podrán comunicarse, viajar, trabajar y pensar en grande. Y eso, al final, también fortalece al país.