Hace pocos días, el Dr. Oswaldo Hurtado, en el transcurso de una entrevista por televisión, afirmó, palabras más, palabras menos, que "el Estado requiere de políticos profesionales que lo administren".
El expresidente es, como se sabe, un reconocido estudioso de las ciencias políticas y, usualmente, los conceptos que emite en materia económica, por ejemplo, tienen una alta dosis de realismo y, sobre todo, son muy actuales y convenientes para el crecimiento de una sociedad. Pero, en el caso de la afirmación que comento en esta nota, discrepo totalmente. Creo que el país, la provincia, las ciudades y la más diminuta parroquia lo que necesitan son gobernantes sensatos, y la sensatez no es patrimonio de políticos profesionales ni mucho menos de los políticos de ocasión que, por A o B motivos, participan en elecciones.
Es que no se necesitan políticos profesionales; lo que se requiere, eso sí, son personas que lleguen a la administración pública con la idea de imponer orden y disciplina en el manejo de recursos públicos, porque deben entender que el dinero que está en las arcas de las instituciones no es ni nunca será de ellos y, por tanto, no lo pueden administrarlo a su antojo ni despilfarrarlo en gastos inútiles, porque la sensatez —que es lo que no le debe faltar al político de cualquier nivel— señala que los recursos públicos solo deben tener un destino: el crecimiento de su jurisdicción.
Pero despilfarro también es, como los ecuatorianos sabemos, embarcarse en proyectos faraónicos no sustentables que, con el paso del tiempo, se convierten en monumentales "elefantes blancos", sin ninguna utilidad práctica para la sociedad y solo terminan haciendo un gran hoyo en el presupuesto de la institución. Entonces debe quedar claro que botar dinero público es también acometer obras no financiadas y, sobre todo, sin presupuesto posterior que asegure su mantenimiento.
Pero también los políticos, profesionales o no, deben exhibir y hacer gala de sensatez en campaña electoral. No pueden ofrecer algo si es que no cuentan con recursos para llevarlo a la realidad. Decir que se va a hacer esto y aquello y no tener la más remota idea de dónde van a venir los recursos para lo que promete es, sencillamente, retroceder al Ecuador, creer ingenuo al extremo al elector y abusar de la fe pública. ¿Cómo lo evitamos?
Estudiando serenamente la sensatez en los políticos.