La comparación del desarrollo de Corea del Sur y Taiwán con América Latina resulta necesaria, debido a que hay mucho que aprender. América Latina inició su industrialización un cuarto de siglo antes que estos países; sin embargo, los resultados han sido dramáticamente diferentes. El ciclo virtuoso del crecimiento económico debe reforzar una interacción positiva entre la agricultura y la industria. Por ello, una breve comparación entre la reforma agraria capitalista en el Este asiático y América Latina resulta relevante.
La estrategia de industrialización guiada por las exportaciones (EOI) es la principal responsable del desarrollo económico de los países del Este asiático, en contraste con la aplicada en América Latina: la industrialización por sustitución de importaciones (ISI). En Asia, la vigencia de instituciones políticas —como elecciones, asambleas y sistemas de partidos— y de mercado influyó, según su intensidad y profundidad, en el desarrollo de cada país.
En Corea del Sur y Taiwán, la transferencia estructural controlada del excedente agrícola hacia la industria —es decir, el valor de la producción agrícola menos lo destinado al consumo y reproducción del propio sector— permitió generar empleo rural y dinamizar la producción y el consumo. Además, se produjo para un consumo de masas, combinando intensidad de trabajo con tecnología. Este modelo impulsó el encadenamiento intersectorial mediante una industria de apoyo al desarrollo agrario y una orientación exportadora.
En América Latina, en cambio, la estructura industrial fue inapropiada desde el inicio: se orientó a grupos de altos ingresos y dependió del capital extranjero. A ello se sumó la presencia de una burocracia que, en muchos casos, priorizó beneficios propios por encima del interés público.
El Estado en Corea del Sur jugó un papel decisivo, al contar con la autonomía necesaria frente a las élites locales para definir estrategias de acumulación de capital. Se promovió la industria rural y la agricultura recibió subsidios estatales. No obstante, estos casos son difíciles de replicar, debido al mayor control estatal y a la disciplina burocrática existente en dichos países.
En este contexto, el rol del Estado resulta fundamental. La planificación estratégica es clave para impulsar procesos de industrialización acelerada y transformación estructural. Comprender su papel exige una visión práctica y no ideológica.