La llegada del fenómeno El Niño representa una amenaza para carreteras, ciudades y cultivos, pero también ofrece una oportunidad que, en el caso de Manabí, no debería desaprovecharse. Las lluvias pueden convertirse en el impulso para emprender un plan de reforestación que recupere zonas degradadas y frene el avance de la desertificación en amplios sectores de la Costa. La experiencia regional demuestra que es posible. Tras el fenómeno de 1998, el norte de Perú aprovechó la abundancia de agua para reforestar miles de hectáreas que antes eran áridas. Con el tiempo, varias de esas áreas se transformaron en valles productivos que hoy sostienen actividades agrícolas competitivas y generan empleo. Lo que parecía una desventaja climática terminó convertido en una oportunidad de desarrollo. Es verdad que el tiempo para prepararse es limitado. Sin embargo, todavía se pueden identificar terrenos estratégicos, seleccionar especies adecuadas y coordinar esfuerzos entre municipios, juntas de agua, comunidades y organismos ambientales. La reforestación también protege cuencas, mejora la infiltración de agua y reduce la erosión.

Las lluvias pasarán en pocos meses, pero los árboles sembrados a tiempo pueden generar beneficios ambientales y económicos por décadas.