La estupidez humana rara vez se presenta como ignorancia absoluta. Con frecuencia adopta formas más sofisticadas: fanatismo, indiferencia, memoria selectiva y la peligrosa costumbre de justificar lo injustificable. En Ecuador, esas conductas parecen haberse convertido en parte del paisaje político y social.

Vivimos en una sociedad donde la corrupción ya no sorprende y la indignación dura apenas unos días. Cada nuevo escándalo compite con el siguiente en una carrera hacia el olvido colectivo. La ciudadanía se divide entre quienes defienden ciegamente a sus líderes y quienes han renunciado por completo a creer en cualquier cambio. En ambos extremos habita una forma de estupidez: la obediencia ciega y la apatía cómoda.

La política ecuatoriana se ha transformado en un espectáculo emocional. Importa más el insulto viral que la propuesta seria; más la propaganda que la capacidad de gobernar. Muchos ciudadanos consumen información sin verificarla y repiten discursos diseñados para alimentar el miedo o el odio, atrapados entre la decepción y la costumbre de culpar siempre al otro. Entiéndase: al Gobierno o a la oposición.

Pero la estupidez humana no pertenece únicamente a los políticos. También vive en la sociedad que normaliza la viveza criolla, critica la inseguridad y, al mismo tiempo, justifica pequeñas ilegalidades cotidianas. El problema no es solo quién gobierna, sino también la cultura que tolera y reproduce esas prácticas.

A ello se suma la escasa o nula capacidad de algunos padres de la patria, quienes, a pesar de contar con varios asesores —en ocasiones más limitados que ellos—, destruyen la posibilidad de realizar una fiscalización veraz, independiente y no dirigida.

Sin embargo, en lugar de construir pensamiento crítico, el debate público se reduce a bandos enfrentados, incapaces de escucharse. La estupidez colectiva prospera precisamente ahí: donde desaparece el análisis y domina la emoción inmediata.

Podríamos definir la estupidez como un disfraz que esconde dogmas y debilita el conocimiento. Aunque este sea infinito, aquella lo opaca con sus tentáculos de incertidumbre, omisión y complejo de superioridad. Presenta sus ideas como verdades absolutas, incluso cuando la realidad las contradice.

Su instinto de torpeza la sitúa en un edén imaginario, desde el cual maquilla el entorno, vive de supuestos no consensuados, contagia necedad, inocula barbarie y desafía la certeza. Así convierte cada palabra en un intento de justificar una arbitrariedad que afecta a todos y que, sin embargo, algunos se permiten aplaudir.

Mientras la estupidez siga siendo premiada con votos, aplausos o silencio, el país continuará girando en círculos, esperando soluciones milagrosas para problemas que exigen conciencia, memoria y responsabilidad colectiva.

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