Hace casi un año y medio empecé a dictar unos talleres llamados Memoria Viva. He terminado amándolos porque son la manera en que me siento más cerca de mi provincia. Son conversatorios en los que nos reunimos a escuchar historias de Manabí contadas por quienes las vivieron y aún las guardan en la memoria.
En esos encuentros, organizados por la Universidad Eloy Alfaro de Manabí, conocí a Alida Pachay. Ha hecho de su vida y de la de su pueblo una colección de fechas, recuerdos y palabras que no quiere que se pierdan. En sus libretas de tapas gastadas anota nacimientos, bautizos, despedidas y la llegada de los nietos. También registra fiestas populares y acontecimientos que hicieron vibrar a Santa Marianita. Escribe como quien se resiste al olvido.
Conocí también a Rosa Bailón. Pasó doce años en primer grado sin aprender a leer ni a escribir. El miedo a los castigos y a los golpes le cerró las puertas del aprendizaje. Durante años creyó que no era capaz. Pero, embarazada de su segundo hijo, regresó a una escuela nocturna. Allí aprendió a leer y a escribir y, con ello, recuperó algo más importante: la confianza en sí misma.
En Memoria Viva escuché historias del cerro de Montecristi y de un hombre que se perdió entre sus montes antes de regresar a la civilización. Recordamos la época en que, hace más de seis décadas, ricos y pobres compartían una misma cancha de tierra en el barrio Córdova de Manta, quizá la única ocasión en que se encontraban como iguales.
También escuché relatos de Playa Prieta, Correagua y Junín: como el de la noche en que un rumor hizo correr despavoridos a quienes estaban en un cementerio porque decían que un muerto se había levantado; la historia de un heladero de Jipijapa que se despertaba a las cuatro de la mañana y cuya voz, mientras preparaba sus helados, arrullaba a todo el barrio; o la de una profesora que, a los 15 años, empezó a dar clases y ejerció la docencia durante 60 años. He viajado a Portoviejo, Calceta y Chone para conocer esas microhistorias que no están en los libros oficiales, pero que forman parte de la historia de los pueblos de Manabí, así como de la vida en el campo, el mar y las ciudades.
He escuchado frases que todavía me siguen dando vueltas. «No quiero recordar mi pasado porque fue triste», dijo una anciana. «¡Qué linda época aquella!», respondió otra. Entre una frase y la otra cabe la vida entera de un pueblo.
Eso es Memoria Viva: descubrir que, más allá de las calles con nombre, las estatuas y los monumentos, están las personas que construyeron nuestros pueblos y que aún tienen algo que decir.