Cada fin de año, la quema de monigotes se convierte en una tradición cargada de simbolismo y emoción colectiva. Sin embargo, lo que debería ser un acto festivo puede transformarse en un riesgo serio si no se toman precauciones mínimas.
En los últimos años se han multiplicado los daños al asfalto, incendios accidentales y sustos innecesarios provocados por prácticas irresponsables durante la quema de los años viejos.
Uno de los errores más frecuentes es encender los monigotes directamente sobre el pavimento. El asfalto no está diseñado para soportar fuego prolongado: se quema, se ablanda y se deteriora, dejando huecos y manchas que luego se traducen en baches, costos de reparación y peligro para conductores y peatones. Quemar sobre la calle no solo daña la infraestructura pública, también afecta a toda la comunidad.
Otro riesgo grave es la quema cerca de maleza, árboles, cables, viviendas o estructuras inflamables. Una chispa mal dirigida, el viento o un descuido pueden provocar incendios de mayor magnitud. Por eso, es fundamental elegir espacios abiertos, despejados y seguros, donde el fuego no tenga posibilidad de propagarse.
Especial atención merece el uso de explosivos, pirotecnia o materiales detonantes dentro de los monigotes. La onda del estallido dispersa restos encendidos en varias direcciones, lo que incrementa el riesgo de incendios y lesiones. La tradición y la alegría no necesitan explosiones, pero hay gente que prefiere despedir el año con ruido y riesgo.
Finalmente, no basta con prender fuego y retirarse. Es indispensable vigilar la combustión hasta que el monigote se apague por completo, asegurándose de que no queden brasas activas.
Celebrar con responsabilidad también es una forma de cuidar la ciudad, la seguridad y la vida. La tradición puede mantenerse viva sin poner en riesgo a nadie.