Imaginemos esta escena: en una parroquia rural, un ciudadano va a votar por obligación, ve la papeleta con un montón de rostros, tal vez muchos desconocidos, pero no comprende las promesas de los candidatos. Lee el nombre, pero quizá no sabe cómo fiscalizarlos después. Así, de seguro, en muchas otras provincias, miles votamos sin entender, como parte de una democracia de segunda categoría.
El PIAAC 2019, el único estudio internacional de competencias de adultos que Ecuador ha realizado, desnudó una brecha vergonzosa: en alfabetización, numeración y resolución de problemas tecnológicos, la población rural obtiene puntajes sistemáticamente inferiores a la urbana. Aunque el informe no desagrega por provincia, muchas parroquias rurales encajan en ese perfil.
No hablo de analfabetos absolutos. Hablo de analfabetismo funcional: esas personas que saben firmar y leer palabras sueltas, pero no comprenden un programa electoral, una propuesta de ley, un presupuesto municipal ni una ordenanza. Ese es el drama silencioso que convierte a los ciudadanos del campo —sean agricultores, jubilados, estudiantes, pescadores o comerciantes— en ciudadanos de segunda categoría.
En lo electoral, el impacto es demoledor. Sin competencias funcionales, miles de ciudadanos rurales no pueden leer con sentido crítico las ofertas de los candidatos, detectar promesas vacías o distinguir entre información y manipulación; el voto se vuelve emocional o guiado por caciques locales. La democracia se degrada: no elegimos, ratificamos.
En el control ciudadano, la situación es peor. ¿Cómo fiscalizar a un GAD si no entendemos o conocemos el presupuesto ni sus competencias? ¿Cómo denunciamos corrupción si los trámites son engorrosos y costosos? ¿Cómo exigimos rendición de cuentas si un formulario es un muro infranqueable?
Los políticos y sus equipos lo saben: usan esas falencias y hacen regalos solamente para conseguir votos, ya que el analfabetismo funcional desarma a los ciudadanos rurales, y luego vemos a los funcionarios convertidos en figuras intocables.
¿Y de lo rural qué...? Mientras el Gobierno celebra la baja del analfabetismo absoluto, seguimos condenando al campo a una falsa democracia. ¿Qué hacemos para que nos traten como ciudadanos de segunda?