Yo siempre jugué muy bien al fútbol. Una muralla insuperable para los delanteros, un arquerazo, pero solo mientras duermo. Habitualmente, sueño jugando a la pelota, y no pocas veces me desperté a mitad de la noche, volando fuera de la cama, mientras atajaba el penal para ganar el campeonato. Mi versión futbolística soñadora no es más que una quimera, una ilusión infantil, el sueño de un niño que nunca se hizo realidad.

En un país tan futbolero, donde los niños nacen gritando gol y patean la pelota antes de caminar, mi sueño frustrado no es la excepción, sino la regla. Varios estudios indican que la probabilidad de que un chico que juega al fútbol llegue a ser profesional es extremadamente baja, algo así como el 0.01% de los jóvenes futbolistas, lo que equivale a menos de 1 de cada 1.000 niños federados. Esto, sin considerar a los muchísimos peloteros que, como yo, ni siquiera llegamos a tener carnet de cancha.

Quizá sea por eso que al fútbol hay que admirarlo por lo que pasa dentro de la cancha, pero hay que analizarlo por lo que pasa fuera de esta. En el sagrado rectángulo verde, apenas caben 22 artistas. Una mínima élite del 0.01% de niños que soñaron con alcanzar la gloria deportiva y la consiguieron. Mientras tanto, los millones que no llegaron al profesionalismo, desde la tribuna o por la televisión, viven sus sueños a través de las gambetas y voladas de los jugadores, entregando ciegamente las llaves de sus sentimientos al resultado de un partido.

En Ecuador, el éxito o el fracaso de la Tri es fundamental para el estado de ánimo nacional. Por eso, ante la mala racha mundialista, se entiende la avalancha de frustraciones que estallan en los estadios, los insultos en redes sociales o las caras largas reflejadas en las pantallas de televisión colgadas en las calles, casas y bares de este país.

Intento apartarme de ese extremismo, porque el fanático es el hincha del manicomio. Prefiero apegarme a la afirmación que Galeano estampó en el inicio de su libro, El Fútbol a sol y sombra, cuando confesó: "Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo, sombrero en mano, y en los estadios suplico una linda jugadita por amor de Dios".

Escribo estas líneas ignorando el resultado de nuestro partido contra Alemania. Las posibilidades de triunfo son escasas y las ansias consumen al país. Aun así, nervioso frente a la pantalla, con la camiseta puesta y la ilusión de un soñador sin carnet de cancha, les suplico a mis jugadores: una linda jugadita, un golcito por el amor de Dios. Del resultado, hablaremos la próxima semana.

[email protected]