"Me entregaron emociones y yo las viví. Perdimos, pero eso es parte de cualquier juego: perder, empatar o ganar. Nos tocó perder y... ni modo. En adelante, tengo mi realidad, que es trabajar para vivir. Y eso es lo que hago. ¿Amargarme? ¿Por qué y para qué?
No soy perito en fútbol como para estar describiendo lo que debieron hacer los jugadores, mucho menos el árbitro. Allá los que dicen saber, pero lo que sí es cierto es que ver es una cosa y hacer es otra. Ya quisiera verlos actuando.
A mí me generaron esperanzas, alegrías y me sentí bien. Y mis gracias a la selección por haberme dado emoción en estos momentos, que son de temor y desesperanza. Me bastó. Si el resto quiere seguir amargado... ni modo". Dio media vuelta y se fue.
Don Onide se gana la vida vendiendo agua purificada en bidones de varias marcas, al igual que tanques con gas de uso doméstico, trasladándose en un triciclo motorizado. Observó todo el partido en el que México hizo subir como espuma su ego y evidenció sus falencias al vencer a Ecuador; pero dijo que no dejó que su ritmo cardíaco se disparara porque no es fanático.
Y eso es interesante, porque no todos son así. De acuerdo con informaciones periodísticas, alguien falleció observando el juego. Y hubo cierta clase de violencia por la frustración. Posiciones distintas, vivencias distintas. Se trata de una escala de sentimientos: los de intensidades controladas versus los lanzados al viento. Apoyan lo mismo, con formas y niveles diferentes.
Me atrevo a señalar que hay quienes son simpatizantes: les gusta algo, pero no sufren, como que se acomodan de lejitos. Otros son aficionados, manifiestan un interés un poco más cercano, sin comprometerse. También están los hinchas: discuten, defienden y expresan mayor seguridad, con identidad establecida. Los fanáticos, cuya fuerza emocional está en constante actividad, tienen una ruta ya señalada. Y los apasionados rayan en la obsesión, sana o no.
Esto no es un ensayo psicológico, ni me atrevo a intentarlo. Es una simple deducción del comportamiento humano ante circunstancias públicas que inciden en la personalidad y en el ánimo colectivo; verbigracia, el fútbol.
Generalmente atendemos nuestra salud corporal obedeciendo a la necesidad de evitar o remediar dolores; sin embargo, desatendemos nuestra paz mental, nuestra estabilidad interior. Quizá sea posible promover campañas de orientación que bien nos harían en materia de salud mental.
No se pueden evitar las emociones, pero sí regularlas. Y las expresiones de Don Onide nos muestran un camino.