El fútbol moderno no se podría comprender, en sus inicios, sin las reglas de juego tan complicadas de una monarquía constitucional como la inglesa y sus relaciones de poder. Sus iniciadores eran estudiantes, miembros de clubes de las universidades de Oxford y Cambridge, entre 1848 y 1863, con un origen simbólico —el balón— ligado a los artesanos y jornaleros. Posee un nacimiento aristocrático, pero con vocación popular.

Del antiguo pasatiempo de las capas sociales privilegiadas en Inglaterra —en virtud de los cambios sociales y organizacionales ocasionados por la Revolución Industrial— se pasó a una adaptación individual y colectiva al trabajo y sus modos, generando modelos de conducta en el marco de las normas para el rendimiento, la disciplina, la competencia y la eficacia según los resultados. Es decir, desde su origen no existió una separación real entre el trabajo y la forma deportiva adoptada por los sectores sociales subalternos.

El balón circula en la cancha con las dos propiedades principales de los juegos: competencia y azar, siempre hasta los límites. Los espectadores, los hinchas, participan en el juego identificándose con él y rescatando su propia dignidad personal de manera compensatoria. Deliran ante el triunfo y padecen frente a la derrota. Pero viven, sienten y reivindican su yo con una acción integradora, ocasionando uniformidad grupal.

En América Latina, el fútbol nació en los distintos países poco antes del fin del siglo XIX como estilo deportivo de las élites comerciales o de los terratenientes exportadores, ligado a los clubes sociales o a sus colegios. Pero, más pronto que tarde, se volvió popular, como ocurrió en Guayaquil con el nacimiento de Barcelona y Emelec; o en Quito, con Liga y Aucas.

La cancha es un lugar donde hay igualdad entre sus integrantes. Gana el que debe ganar por sus méritos. En países inequitativos, donde se concentra circularmente el poder político y económico, la desigualdad económica se disfraza, de algún modo, con una igualdad envolvente. De esta forma, se da el reconocimiento, por parte de la élite, al valor de la cultura popular. Es la afirmación de una dignidad que no se obtuvo de modo gratuito, sino que se ganó en la cancha de juego, en ocasiones, contra todas las posibilidades.

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