El terremoto que ha golpeado recientemente a Venezuela no es solo una noticia lejana: es una herida abierta que se siente en toda la región. Miles y miles de personas han visto cómo su vida cambiaba en cuestión de segundos: hogares derrumbados, familias separadas, calles convertidas en polvo y silencio. Frente a esta realidad, es imposible no conmovernos.

Para nosotros, como ecuatorianos y, especialmente, como manabitas, esta situación toca una fibra muy profunda. No hablamos desde la distancia, hablamos desde la memoria. Sabemos lo que significa ver caer nuestra tierra, sentir el miedo en el pecho y levantarnos entre escombros con el alma rota, pero con la esperanza viva. Lo vivimos, lo sufrimos y también aprendimos lecciones que no deben olvidarse.

Para mí es importante recordar algo que muchas veces se distorsiona: los terremotos no son castigos divinos. Son procesos naturales de la Tierra, parte de su dinámica y de su evolución constante. Entender esto no disminuye el dolor, pero sí ayuda a asumir una responsabilidad, sobre todo a quienes ya lo hemos vivido: hay que prepararnos ante posibles futuros eventos.

En este punto me pregunto: ¿hemos revisado el estado de nuestras casas? ¿Tenemos la mochila de emergencia? ¿Hemos determinado un punto de encuentro seguro donde resguardarnos?

Este momento debe ser un llamado de atención para nosotros, para no bajar la guardia. Las autoridades deben mantener la vigilancia, invertir en prevención y garantizar que las normas se cumplan. Y, como ciudadanos, debemos exigirlo y tomar conciencia.

Es muy difícil predecir un terremoto, más aún en zonas donde no son comunes, pero sí debemos saber dónde construir y dónde no hacerlo, respetar los estudios técnicos, fortalecer las normas de edificación y no dejarlas solo en el papel. Cada decisión urbana mal tomada puede convertirse en una tragedia futura. Cada advertencia ignorada puede costar vidas.

He escuchado que es tiempo de luto, y sí, es verdad. Ese luto durará muchos años, pero también debe ser un tiempo de aprendizaje.

Un abrazo solidario a Venezuela. Espero que la ayuda siga llegando desde diferentes países, y mucha fortaleza para quienes han perdido a sus familiares. Que Dios les dé fortaleza.

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