Estamos acostumbrados a ciertas rutinas y, luego, de pronto, ya no nos funcionan; en consecuencia, cambiamos. Nuestra forma de pensar y ejecutar es diferente conforme el tiempo y las experiencias nos nutren y, aunque ese cambio es congruente para el ser propio, puede resultar extraño para quienes nos rodean.
Así pues, hay momentos en que sentimos que tenemos que dar explicaciones por todo: por lo que hacemos, por lo que dejamos de hacer, por las decisiones que tomamos. Como si cada cambio necesitara una justificación para que los demás lo entiendan y acepten. Pero no siempre es así.
A veces simplemente somos otros y ya no nos identificamos con quienes fuimos ayer. Empezamos a hacer cosas distintas, a tener otras prioridades, a alejarnos de ciertos lugares o personas. Y, en medio de eso, aparece la sensación de que debemos explicar el porqué. Y la verdad es que no.
La lealtad es primero para con uno. No todo el mundo va a entendernos. Y está bien, porque hay decisiones que no nacen para ser explicadas, sino para brindarnos crecimiento, compasión, tranquilidad y amor propio. Los cambios se sienten primero correctos para uno mismo, aunque para quienes nos rodean no tengan sentido. Entonces, podemos explicar demasiado por miedo al rechazo o a que piensen mal. Pero, cuando algo nos da paz, no debe necesitar tantas palabras.
No se trata de cerrarse o de no hablar. Antes bien, de saber elegir qué vale la pena explicar y qué no, así como también a quién decidimos conceder ese privilegio. Porque hay decisiones que son nuestras, muy nuestras. Y cuando algo nos hace bien, es suficiente.
Recuerdo una historia zen sobre ser uno mismo: un día, un joven fue a ver a un maestro. Le dijo: "Maestro, quiero ser como los demás esperan. Quiero hacer todo bien, caer bien, no equivocarme". El maestro lo miró en silencio y le pidió que lo acompañara afuera.
Caminaron hasta un pequeño jardín. Allí había varias plantas: algunas altas, otras pequeñas, unas con flores, otras sin ellas. El maestro señaló el lugar y preguntó: "¿Ves esas plantas?". El joven asintió. "Dime, ¿cuál de ellas está equivocada?". El joven las miró con atención. "Ninguna", respondió. "Todas son diferentes". El maestro sonrió: "Exactamente. Ninguna intenta ser la otra. Ninguna se esfuerza por encajar. Simplemente crecen como son".
Ser auténtico no es un acto de rebeldía, es un acto de calma. Y cuando dejas de compararte, creces a tu manera. El proceso interno es inherente a cada persona; en este, las opiniones de otros no son necesarias. La energía es limitada y se cuida con silencio para que se sostenga en el tiempo.