El fútbol es el espejo del mundo, aseguraba Galeano. Parecería que el escritor uruguayo exaltaba demasiado al rey de los deportes, pero, considerando su estatura de genio universal de las letras, vale darle una oportunidad a esta teoría que predica al fútbol como una metáfora de la vida.

En el fútbol, como en la vida, hay alegrías y tristezas. La incertidumbre invade la tribuna y el destino gambetea a la certeza; hay revancha y perdón, hay tradiciones y novelería, generosidad y egoísmo también. La soberbia y la humildad juegan juntas, mientras la envidia conspira en los camerinos; hay rivalidad y reconciliación. El pesar de la derrota dura una eternidad, mientras que la gloria de la victoria es demasiado fugaz, tan fugaz como la felicidad misma. El fútbol refleja a la vida en versión deportiva.

El español Javier Marías, en su libro Salvajes y sentimentales. Letras de fútbol, escribe como lo hacen los escritores curtidos en las canchas y en las tribunas, aquellos que, como Galeano, ven al fútbol como una lección de vida cotidiana. Y para muestra, este Mundial, como todos los anteriores, es un compendio de emociones contradictorias e intérpretes salvajes y sentimentales.

Salvajes: la sombra más primitiva del torneo aconteció en México. Los niveles de hostilidad y salvajismo impuestos a ecuatorianos e ingleses reemplazaron a la acostumbrada hospitalidad del anfitrión. La barbarie, despojada de vergüenza y disfrazada de nacionalismo, reinó sin oposición gracias a la complicidad estatal y la pasividad de la FIFA. Los mexicanos mancharon de violencia y pedantería la fiesta del fútbol. Su castigo fue su justa eliminación, y su sanción fue la antipatía universal. Las lágrimas de los salvajes no conmueven a nadie.

Sentimentales: por otra parte, las lágrimas de los genios como Ronaldo, Modric, Neymar y tantos otros que se despiden con honor deportivo tienen una fuerza de contagio irracional. Tenemos de genios lo que conservamos de niños, dejó dicho Charles Baudelaire. Por eso, cuando un jugador abandona el campo entre lágrimas, no llora solo el profesional que perdió un partido; llora también el niño que soñaba con ganar un Mundial. Lloramos todos, sentimentalismo en estado puro.

El Mundial, cual empresa indolente, está jubilando con salvaje crueldad a tantos ídolos de nuestra generación que el sentimiento de melancolía exige jugar de titular. Como dice Sabina, al verlos marcharse con las manos vacías rumbo al camerino del retiro, me entró una nostalgia por aquello que nunca jamás sucedió. El fútbol y la vida se parecen tanto.

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