No había tenido la oportunidad de escuchar esa joya musical encarnada magistralmente por la sonora Ponceña, mas hurgando en otras versiones, tropiezo con los acordes y la interpretación casi espiritual de Ismael Miranda y de Andrés Jiménez. En ella se recoge una vívida travesía por las etapas que un padre tiene que pasar, para demostrar en el silencio de su imagen enérgica, inquebrantable, lejana, taciturna, que posee los sentimientos más sublimes sobre el orbe, pero que su armadura le impide mostrar.

Escuchar en sus silencios lecciones que en el instante no comprendes, se vuelve enigmático, reacio; y terminas creyendo que aquel señor desgastado por las circunstancias no te quiere, sin pensar que carga entre sus arrugas y callosas manos el pálpito de un corazón que adora llegar al hogar y, aunque no puedas notar un ápice de cariño, el cansancio extremo y los pensamientos interminables no le dejan aflorar lo que lleva por dentro y solo atina a prenderse de su imagen de autoridad inviolable.

He retrocedido en el tiempo y, amparado en los recuerdos, acepto que ser padre, aparte de ser una bendición, también es una etapa de vida a la que llegas sin conocimiento previo, que no existe un manual que nos prepare o una carrera universitaria que nos profesionalice. Aprendemos a ser padres cuando somos abuelos. Cada acción va encaminada al bienestar de nuestra descendencia, con las lágrimas encriptadas en los espacios donde el carácter y el temple se deshacen y se vuelven vulnerables sin ser vistos. 

Muchos han de coincidir conmigo, pero detrás de esa imagen impenetrable, de ser supremo, se pone de manifiesto el amor que nos tenía en algunos casos, como el mío, o nos tiene, para los que gozan de su presencia. Es el legado que nos deja, el amor por los hijos lo gritaba en silencio, sacrificio tras sacrificio para solventar la crianza, que su hijo sea distinto a él, que tenga la oportunidad de estudiar, de ser profesional, personas de bien, que formen un hogar y puedan a través de sus enseñanzas, ser ese padre que quieras o no, se parece en el carácter al que tuviste o tienes.  Que lo llene de orgullo, que pueda en la tertulia conversar con sus amigos, dejar que la inmodestia llene su alma y se transforme en un cúmulo de anhelos y haga que muchos de nosotros no seamos dignos de ponernos en los zapatos de nuestro viejo. 

[email protected]