El insulto político dejó hace tiempo de ser una excepción para convertirse en una herramienta permanente de confrontación del debate público. Durante los últimos 18 años, el enfrentamiento verbal ha ocupado el lugar de la discusión de ideas y propuestas, deteriorando la calidad democrática y normalizando la agresión desde los más altos cargos del Estado. Si bien la historia política ecuatoriana siempre estuvo marcada por frases ofensivas y ataques personales, fue durante el gobierno de Rafael Correa que el insulto alcanzó una dimensión sistemática, institucionalizada y cotidiana.

Las famosas "sabatinas" se transformaron en un escenario semanal donde el expresidente utilizaba cadenas nacionales para descalificar a periodistas, opositores, empresarios, activistas y ciudadanos críticos. Diversos medios y organizaciones documentaron cientos de expresiones ofensivas pronunciadas por Correa.

Correa convirtió la confrontación verbal en un mecanismo de cohesión política. Quien cuestionaba su gobierno era automáticamente señalado como traidor o enemigo de la patria. Esa práctica fue replicada por muchos de sus seguidores y dirigentes, quienes adoptaron el mismo tono agresivo en redes sociales, entrevistas y debates legislativos. El resultado: una cultura política donde el insulto dejó de escandalizar y pasó a considerarse una forma válida de hacer política.

Paradójicamente, muchos sectores que durante años justificaron o celebraron estos ataques hoy se presentan como víctimas cuando reciben expresiones similares. El reciente episodio en el que el presidente de la Asamblea Niels Olsen llamó "serpiente" a la asambleísta Paola Cabezas provocó una ola de indignación y denuncias de violencia política. Sin embargo, el debate revela una profunda falta de memoria: de quienes guardaron silencio frente a años de insultos y humillaciones públicas, como forma de gobierno, ahora exigen respeto y condenan un exabrupto.

Esto no significa justificar el agravio actual que, considero,  fue innecesario e inapropiado. Ningún insulto contribuye al fortalecimiento democrático. Pero sí obliga a reflexionar sobre la doble moral existente en la política ecuatoriana. No se puede normalizar el insulto cuando proviene del propio sector político y rechazarlo cuando afecta a los aliados.  El problema de fondo es que se ha construido una política basada más en el odio y la confrontación que en el diálogo..

Superar esta realidad requiere recuperar el respeto como valor fundamental. La política no puede seguir funcionando sobre la base de la humillación del adversario. Mientras el insulto continúe reemplazando a las ideas, seguiremos atrapados en un círculo vicioso donde todos terminan siendo "víctimas" de la violencia que han ayudaron a construir.

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