En un mundo cada día más globalizado, pero también más cruel, en lugar de hermanarse, con profundas segmentaciones sociales y creciente inestabilidad, hay que actuar. El ahogo de la gente es manifiesto, lo que genera cambios bruscos de comportamiento o alteraciones importantes en el sueño y el apetito, aislamiento social y pérdida de interés por actividades frecuentes, ansiedad intensa o desconsuelo firme. Por ello, está bien que la comunidad internacional continúe batallando en la búsqueda de valores que unan en vez de separar.
De igual modo, cada uno, desde su hábitat viviente, como ser en misión colectiva, tiene que vencer el encerramiento individualista y vivir para los demás, que es como se estimula el quehacer, en un orbe donde se ha consumado la certeza.
El objetivo no es solo aliviar el sufrimiento inmediato, sino también transformar los corazones, las mentes y las estructuras hacia un nuevo modelo poblacional que prepare un futuro mejor para todos. A mi juicio, hacer realidad los anhelos y aspiraciones de los mozuelos es primordial, así como contar con las personas mayores para encauzar las relaciones e impulsar labores intergeneracionales y conjuntas, mediante instrumentos mucho más enérgicos y capaces de promover la dignidad, principalmente para afrontar los conflictos a través del diálogo, la diplomacia y la clemencia.
Sea como fuere, el recurso a la fuerza, a la intimidación y a los artefactos confirma una indigencia relacional absurda, que siempre tiene resultados desastrosos para las poblaciones civiles.
Avivemos la confianza social y la creencia en uno mismo, que son las que animan la participación ciudadana, reducen la polarización y refuerzan el sentido de identidad compartida. Son estos caracteres los que apuntalan la inclusión, la concordia entre pulsos y el progreso sostenible; aspectos vitales para la continuidad como especie, que debe dejar de deshumanizarse, volverse humanitaria y envolverse de fraternidad, máxime en un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes sí quiere tener descendencia, pero el dinero y la vivienda lo dificultan.
Todos los poderes sociales e institucionales están obligados a injertar historias de luz, no de alarma. Que las juventudes sean las que concluyan; garanticemos su autonomía, las oportunidades y el apoyo necesario para decidir por sí mismas.
Sea como fuere, los sembradores del miedo están ahí, entre nosotros, intentando modificar nuestro comportamiento, provocando recelo, agitación y temor en la población. De ahí la importancia de adoptar una actitud o un estado de ánimo equilibrado y realista, además de óptimo y optimista. La creencia de que un cambio positivo es posible nos abre puertas para hacernos reflexionar, aunque las adversidades nos dejen sin fuerza.