En Ecuador se habla —y con razón— de la lucha contra la desnutrición infantil. Pero hay otro enemigo que crece en silencio, con menos campañas y menos titulares: la obesidad.
Es la otra cara del hambre, una forma distinta, pero igual de peligrosa, de malnutrición. Mientras unos niños carecen de nutrientes, otros los consumen en exceso o de manera desequilibrada, y ambos extremos condenan el futuro del país.
La obesidad infantil no es un simple problema estético, como a veces se cree. Es una enfermedad crónica que altera el metabolismo, daña el corazón, aumenta la presión arterial, eleva el azúcar en la sangre y prepara el terreno para males que antes eran exclusivos de los adultos, como la diabetes tipo 2 o la hipertensión. Un niño obeso tiene más probabilidades de convertirse en un adulto enfermo, dependiente de medicinas y con una calidad de vida reducida. En términos de salud pública, eso se traduce en más gastos, más ausentismo escolar y laboral, y un sistema sanitario presionado al límite.
El problema tiene raíces culturales y sociales. En muchas familias todavía se piensa que un niño “gordito” es un niño sano, y se celebra que coma mucho sin medir lo que come. La publicidad de alimentos ultraprocesados, los refrigerios escolares llenos de azúcar y grasa, y la falta de actividad física —porque las calles no son seguras o las escuelas no tienen espacios adecuados— agravan el panorama. A eso se suma el desconocimiento: muchos padres no saben leer etiquetas ni identificar los riesgos del exceso de bebidas azucaradas o frituras.
En provincias como Manabí, donde las cifras de diabetes e hipertensión son de las más altas del país, la obesidad infantil es una bomba de tiempo. La dieta tradicional ha sido desplazada por la comida rápida, las gaseosas y los productos envasados. El cambio de hábitos alimentarios, unido a la vida sedentaria, está dejando huellas profundas en las nuevas generaciones. Hoy hay niños con los mismos problemas metabólicos que sus abuelos, pero 40 años antes.
Así como existen políticas y programas para combatir la desnutrición, el Estado debe impulsar con igual fuerza campañas contra la obesidad infantil. No basta con enseñar a comer más, sino a comer mejor. Se necesita educación nutricional en las escuelas, regulación estricta de la publicidad dirigida a menores y espacios seguros para el juego y la actividad física. Los municipios, los ministerios y las familias tienen que entender que prevenir es más barato que curar.
El futuro de un país se mide también por la salud de sus niños. Y hoy, entre la desnutrición y la obesidad, Ecuador tiene un desafío doble. Si no se actúa a tiempo, las próximas generaciones no solo heredarán un sistema sanitario colapsado, sino también un cuerpo enfermo desde la infancia.