No soy un comentarista deportivo ni he sido un adicto al fútbol; sin embargo, no puedo sustraerme al deseo de escribir este comentario, que considero necesario en estos momentos, luego de la derrota de nuestra selección frente a la de México, partido en el que se desbordaron las pasiones y el irrespeto al contrincante. La FIFA y los gobiernos de los países sede deberían precautelar que no existan incidentes que no solo perjudican a un equipo, sino que afectan también la imagen del país sede. Está bien que el pueblo, es decir, los hinchas, se llene de ilusión, de triunfalismo y, a veces, de excesivo optimismo que conduce al fanatismo, es decir, al apasionamiento desmedido.

Pero llama la atención que nuestra selección de fútbol cuenta con grandes valores que brillan en el exterior, especialmente en Europa; pero cuando les toca defender los colores patrios se apagan y se tornan irreconocibles en su desempeño, como ahora en el Mundial de Fútbol. Ojalá que en el próximo Mundial de 2030 no ocurran decepciones como la que acabamos de padecer.

Los fanáticos deberían revestirse de mesura, que significa moderación y templanza. En todo deporte, esto les inculco a mis nietos: a veces se triunfa y a veces se pierde; esto sucede en diversos campos de nuestras vidas. Por ejemplo, los abogados litigantes a veces ganan el juicio y a veces lo pierden, en buena o mala ley; en el campo de las apuestas también ocurre lo mismo.

En la agricultura, un sembrador corre el albur de lograr buenas cosechas, pero si el invierno fue malo o se presentaron otros fenómenos naturales, como sequías, inundaciones o epidemias, también está expuesto a esa contingencia.

En el ámbito de la política sucede también que un candidato se arriesga a ganar una elección con exagerado optimismo, rayano en demagogia. En tiempos de elecciones nos ilusionamos con un candidato presidencial que nos deslumbra con su discurso y después viene el desengaño; el inconformismo, e inclusive se plantea la revocatoria del mandato, contemplada en la Constitución, por no cumplir con todas sus ofertas de campaña y el plan de gobierno presentado a la hora de la inscripción de la candidatura en el CNE.

En el Ecuador, nuestra democracia debe madurar para que, especialmente, la política gane prestigio, y para que personas decentes, preparadas y con experiencia puedan participar en esta actividad, considerada como la ciencia que busca el bien común general de la nación.

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