Según Galeano, el fútbol es la única religión que no tiene ateos. Un hincha puede cambiar de pareja o de partido político, pero jamás de equipo de fútbol. La devoción colectiva que despierta este deporte solo se puede comprender por la magnitud de las hazañas de aquellos mortales que se transforman en leyendas deportivas, en dioses del fútbol.

Mi primer encuentro con la divinidad futbolística ocurrió el 22 de junio de 1986, cuando contemplé por televisión cómo un hombre alcanzó la inmortalidad. Mundial México 86. El Estadio Azteca lucía como un templo lleno de feligreses ansiosos. Se enfrentaban Argentina e Inglaterra, como en la guerra de las Malvinas. Un pibe petizo de apellido Maradona llevaba la 10 en la espalda. Como un soldado gaucho, arrancaba desde su propio territorio, con la caprichosa pegada al pie, evadiendo a media docena de ingleses. Finalmente, de frente al arco, en medio de rivales, le dio un pase a la red enemiga: un gol inmortal.

La gesta argentina se coronaría con la obtención de la ansiada Copa del Mundo. Entonces, Maradona se volvió dios.

Un ídolo adorado por el pueblo, no solo por sus proezas deportivas, sino por un sentido de cercanía. En palabras de Galeano, Maradona era "un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses". Consumido por su propia popularidad, Diego cargó a Maradona hasta su muerte. Los dioses no se jubilan.

Pero el fútbol es generoso y no dejó en orfandad a sus creyentes. Pronto, de tierras albicelestes, emergería un nuevo ídolo, otro pibe petizo con el peso del legado de la 10 en su espalda. Messi, al igual que Maradona, lideró a su selección a la cúspide mundial en Catar 2022. Sin embargo, su durabilidad inoxidable en la cancha solo se puede comprender desde la humildad y la corrección fuera de ella. Un campeón para las nuevas generaciones.

Con 39 años, 200 partidos oficiales con su selección y en su sexto Mundial, ya no le queda nada por ganar. Messi se convirtió en un dios intachable.

Admirando este Mundial, es imposible olvidar cómo me enamoré del fútbol. Busco en mi memoria y encuentro la sensación de estar en el estadio, junto a una multitud de fanáticos. Voy aferrado a la mano de mi padre; la tribuna me parece inmensa. Para calmar la ansiedad, suplico por un helado seco.

Pronto entiendo la dinámica del gol. Una marea de brazos y gritos me rodea. Mi papá me eleva por encima de la turba. Allí, contagiado de algarabía, digo mis primeras palabras en este idioma universal: "Liga, Liga, Liga".

Feliz Día a mi viejo, a don Capu y a todos los padres futboleros, nuestros dioses de la infancia.

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