Los ceibos y otros árboles enfrentan una amenaza silenciosa y constante: la tala clandestina. A pesar de que existen normas que prohíben su corte y establecen sanciones para quienes atentan contra estas especies protegidas, todavía hay quienes, por desconocimiento o ambición, destruyen lo que tarda décadas en crecer. 

El Diario, la semana anterior, informó una realidad que alarma a quienes amamos y sabemos la importancia de preservar la naturaleza: la tala indiscriminada de ceibos.

Gente sin recato afecta la naturaleza, pero si son identificados podrán enfrentar una fuerte multa, según la Municipalidad de Portoviejo. Se estima que entre enero y mayo unas ocho personas fueron sancionadas por tala de árboles. La multa por cortar un árbol patrimonial, como el ceibo, bordea los 1.800 dólares; una gran opción para quienes crean conciencia no con palabras, sino tocando sus bolsillos.

Es importante que, como ciudadanos, entendamos que proteger los ceibos no es solo una obligación legal, sino un compromiso moral. Las sanciones deben aplicarse con firmeza, pero también es necesario fomentar la conciencia y el amor por estos gigantes naturales.

En lo personal, me considero profundamente afortunada. He tenido el privilegio de vivir durante 50 años bajo la sombra de un gran ceibo. Verlo imponente, transformarse y marcar el paso del tiempo ha sido una experiencia única. Cada año, su ciclo natural se convierte en una lección silenciosa: primero el reverdecer de sus hojas, frescas y llenas de vida; luego, poco a poco, la caída de ese follaje que cubre el suelo como una alfombra; y finalmente, la llegada de sus botones, que al abrirse liberan esa lana suave que antes se utilizaba para rellenar cojines y colchones.

Ese proceso, que podría parecer simple, es en realidad un espectáculo lleno de belleza y significado. Nos enseña sobre los ciclos, la renovación y la importancia de valorar lo que tenemos cerca. El ceibo ha sido testigo de generaciones, de juegos, de conversaciones y de silencios compartidos. Es un guardián de recuerdos.

Tener árboles a nuestro alrededor, no solo en parques o aceras, definitivamente mejora la calidad de vida de las personas, porque estos producen oxígeno, purifican el aire, evitan la erosión, sirven como refugios para los animales silvestres, reducen la temperatura, y muchos más beneficios.

[email protected]