La memoria es esa facultad psíquica que tenemos los humanos para recordar cosas y acontecimientos pasados. Y si esos sucesos fueron realizados en nuestro bien, en momentos de tragedias, destrucción y cruentos hechos, nos emerge desde el alma el sentimiento de gratitud hacia esos benefactores, estimando para ellos un sempiterno agradecimiento y tratando de resarcirlo lo más pronto y del mejor talante posible.

Los hermanos venezolanos, lamentablemente, han sido abatidos por dos siniestros eventos telúricos concatenados. La magnitud de cada uno de ellos iguala al tétrico terremoto que nos tocó sufrir en carne propia aquel lúgubre 16 de abril de 2016. Y la sumatoria de ambos nos sintetiza la destrucción y mortalidad que los precede. Pude observar en vivo, por televisión, la transmisión de estas catástrofes: cómo todo se movía, la gente despavorida corría y las edificaciones caían por doquier.

Mirar estas dantescas escenas hizo que un frío fúnebre inundara mi ser y mi entelequia reviviera con miedo y dolor ese mismo episodio, con los luctuosos acontecimientos que una aciaga noche nos acometieron y que marcaron y cambiaron nuestra forma de vida, el ritmo socioeconómico y la faz de la ciudad.

Penosamente, las proyecciones de las víctimas mortales son alarmantes, tomando como factores determinantes para alcanzar estos estándares la densidad demográfica, la vetustez de las residencias y las personas que quedaron atrapadas en los edificios y multifamiliares derruidos.

Hoy, la patria de los libertadores llora desconsoladamente su afligida suerte y a sus centenares de fallecidos en esta hecatombe. Triste hado para una nación duramente golpeada política, social y económicamente.

Felizmente, las generosas manos de este orbe solidario no han abandonado a esta afligida y abatida tierra. Los países hermanos llegaron hasta su suelo con menajes, vituallas, medicinas, comestibles y agua. También arribaron brigadas médicas, militares, bomberos, voluntarios, rescatistas con sus canes adiestrados para encontrar a personas atrapadas entre los escombros y un ejército de bienhechores del mundo que, mancomunadamente, se unen a esta noble y humanitaria labor.

Las personas que ya vivimos y conocemos plenamente lo real y triste de estos infaustos días nos estremecemos dolorosamente por lo que ocurre en Venezuela y en otros países hermanos. Pero también se nos atiborra la vida de grandeza y esperanzas cuando sentimos un mundo solícito, servicial y presto para socorrer, atenuar y alivianar el dolor y la muerte que ahora laceran a nuestros congéneres.

Mis oraciones por la pronta reconstrucción de Venezuela y mi reconocimiento a la generosidad mundial, que nunca debe fenecer. Ayer por mí, hoy por ti.

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