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Tanto el IESS como Petroecuador son dos entes gigantes difíciles de controlar y de los que no se conoce exactamente cómo se manejan las cuentas.

En el caso de Petroecuador, el ministro de Energía, Fernando Saltos, ha dicho que el nivel de corrupción es inconmensurable y que es “un feudo de la burocracia. No hay contabilidad ni auditoría”.

Un intento por contratar una auditoría derivó en un concurso desierto por falta de ofertas.

Con el IESS, el país lleva años intentando clarificar la deuda del Estado y si los fondos alcanzan o no para las prestaciones.

“El Estado no tiene por qué mantener entes enormes y sin control”.

Ni siquiera se supo qué y cuánto se consumió en un incendio ocurrido en una bodega, supuestamente con insumos hospitalarios, hace año y medio, en Portoviejo.

El Estado no debería ocuparse en administrar una compañía petrolera que, quizás, hace cincuenta años, al inicio de la etapa petrolera, tuvo sentido. Debería limitarse a la concesión de los pozos, la refinación de los combustibles y controlar el correcto manejo de lo concesionado.

Lo mismo ocurre con el IESS pues, si bien se dice que es propiedad de los afiliados, está sometido al manejo político, de tal forma que sus fondos ayudan a sostener los excesivos gastos estatales.

El Estado debe aliviar la carga. No tiene sentido tener entes monstruosos que se convierten en fosos sin fondo que alimentan la corrupción.

Editorial de El Diario publicado este domingo 4 de diciembre del 2022 en nuestra edición impresa.