La democracia es el sistema de administración política más usado universalmente, porque facilita que el ejercicio del poder sea ejercido por todos y que no recaiga en una sola persona.
Permite que el cambio de gobierno se efectúe mediante elecciones periódicas y lo más transparentes posible, para que el pueblo elija libremente a sus representantes, dando legitimidad a las administraciones y respetando derechos básicos como las libertades de asociación, reunión, opinión, expresión y prensa.
Por eso, más de 120 países la aplican con distintos modelos y matices. Pero su sostenibilidad demanda gran responsabilidad, esfuerzo, conciencia y, sobre todo, gran solvencia ética y moral: ciudadana, partidista, política y gubernamental.
En Ecuador hemos entrado en un proceso electoral mediante el cual la población, enrolada en el padrón pertinente, el 29 de abril de 2026 debe elegir funcionarios que administrarán gobiernos seccionales como los provinciales, cantonales y parroquiales, además de vocales del Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS).
La carrera política ya empezó con las previas destinadas al escogimiento de los precandidatos a las dignidades populares motivo de la cita cívica. Y con ello, una nueva prueba a la capacidad de nuestros partidos, movimientos y figuras políticas sobre sus conocimientos culturales, de identidad y respeto a vivir en democracia; así como sobre cómo ejercen sus derechos, encuadrados en las obligaciones que mandan la ley y demás instrumentos jurídicos y principios que regulan el comportamiento electoral previo, durante y después del evento democrático.
De ahí la importancia de que los organismos responsables del proceso electoral recuerden permanente y públicamente los derechos y obligaciones que conciernen tanto a gobiernos como a políticos y electores, desempolvando sus deberes comunes frente al insigne compromiso de escoger y conformar los estamentos básicos de un Estado con un elemento humano probo, ciudadanos ilustres y de comprobada capacidad para dirigir y encauzar por la senda del progreso a la nación ecuatoriana.
Aquello, pensando que "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" será posible cuando sus actores dispongan que el patriotismo se imponga a la ambición; la voluntad, al oportunismo; y la experiencia y los conocimientos, a la veleidad de la improvisación y la figuración. Todo bajo el manto de la honestidad, la honradez y la humildad.
Y esto hay que recordarlo siempre, especialmente del lado de los electores, quienes deben despojarse de apatías y abstencionismo, constituyéndose en veedores de sus políticos y actores de su futuro. Así se defenderá la democracia, vigorizándola.