Las generaciones desde 1940 hasta la fecha —que cito por ser parte de una de ellas—, de diferentes maneras, han vivido experiencias internacionales y nacionales que marcaron, en mente, corazón y alma, valores y recuerdos plasmados en sufrimientos provocados por sucesos terriblemente mortales y de vergüenza mundial. Pero también han sido testigos de actos y acciones que nos han llenado de orgullo por demostrar la existencia de un verdadero sentimiento de humanidad.

Las guerras, las pestes y los desastres naturales no han devaluado el cariño del hombre por la vida ni el amor por sus semejantes. Más bien, lo han impulsado incluso a enfrentar y aniquilar desviaciones enajenadas que atentan contra el derecho sagrado a vivir en democracia, paz y armonía. Así lo certifican los triunfos científicos, los avances tecnológicos y los logros humanos que han impulsado vigorosamente una mejor coexistencia.

Sin embargo, la sobrevivencia que gozamos ha costado sacrificio, sangre, dolor y muchas lágrimas para que podamos disfrutarla desenvolviéndonos en cordialidad, respeto y cariño. Por eso, quienes aún nos consideramos ciudadanos racionales, responsables de las buenas costumbres y de la convivencia pacífica, debemos meditar sobre nuestras actuaciones ante las nuevas amenazas que se presentan: tanto las de la naturaleza, con el anunciado fenómeno El Niño, como aquellas que la sinrazón, la enajenación criminal y otros jinetes del mal blanden contra la estabilidad y el bienestar de nuestro país.

En el primer caso, casi nada podríamos hacer para evitar su presencia; pero sí para amortiguar y mitigar su fuerza destructiva. En el segundo, casi todo, si asumimos una decisión firme de supervivencia, enfrentando monolíticamente las adversidades y compartiendo estoicamente los sacrificios que las circunstancias presentaren.

Estas expresiones podrían parecer alarmantes, banales, antojadizas o cursis, pero se acercan a la realidad que pronto tendremos que enfrentar. A nuestras puertas está el fenómeno El Niño, que llegará a golpearlas con una dureza anunciada como extraordinaria. Y ya, dentro del país, mancillando y tratando de guiar nuestras vidas, está la criminalidad.

El Gobierno nacional tiene la obligación de proteger a sus ciudadanos, planificando y combatiendo el crimen y todo aquello que amenace la seguridad social en el país. El gobierno provincial debe colaborar y establecer sus propias defensas en el territorio de su responsabilidad, al igual que el gobierno cantonal en su respectiva jurisdicción.

¿Y la ciudadanía, a la cual se deben los gobiernos? No debe quedarse solo como víctima. Su obligación es organizarse en veedurías, exigir rendición de cuentas y colaborar con las autoridades.

Frente a las calamidades, la única defensa real es un Estado que planifica, gobiernos seccionales que ejecutan y una ciudadanía que vigila y colabora, no que obstaculiza. Especialmente si de por medio está la vida.

[email protected]