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Carol Murillo Ruiz | E-mail: cmurilloruiz@yahoo.es
El Rey

Recuerdo que para el año 2002 se cruzó una intensa reyerta entre el mexicano Subcomandante Marcos y el juez español Baltasar Garzón.

Viernes 16 Noviembre 2007 | 21:18

En una de las reyertas escritas el Subcomandante le espeta a su rival, el por qué escribe México con j, Méjico, y no México con x. Semejante “enmienda” idiomática no solo fuera eso, anécdota sino que, expresada en un contexto referido a un idioma que transmutó una forma y una visión específica de ver y aprehender el mundo, la enmienda nos sustrae hacia las connotaciones abiertas de una América que fue conquistada y colonizada, en una adecuación de trabajo, religión, vida, paraíso y purgatorio, tan dignos como son las adaptaciones de los fantasmas de la infancia. La semana pasada, el rey Juan Carlos de España, conocido por su soltura y movilidad política, su exquisito equilibrio monárquico-republicano, su familia real impecable y además inscripta con una proletaria sin frenos en la boca en sus tiempos de periodista, el rey Juan Carlos, repito, causó un peripecia de lo más ridícula en un ambiente por demás diplomático. Una discusión que iba entre la aspereza de los argumentos, las sugerencias de las evidencias, la ironía de los hechos, las mínimas ideologías en juego, y la fogosidad de un Hugo Chávez, el rey no soportó y lo mandó a callar. La voz de la más lúcida monarquía –y lúcida llego a decir por su republicanismo popular o su republicanismo socialista, es decir, los partidos que gobiernan en una época u otra España- no resistió la palabra directa de un idioma que en su casticidad puede ser tan tremendista como el utilizado por Chávez al calificar a Aznar de fascista. Nuestro idioma ya, el español, no aguanta la direccionalidad de una palabra, en este caso, fascista, cuanto el transmisor no tiene la talla de una casticidad ajena; tan propia de la ascendencia ibérica, y, menos, delante de un Rey, Juan Carlos, que con un fugaz pero excesivamente vernáculo “¿Por qué no te callas?”, empujó un silencio imposible en el venezolano. Que me perdone el Rey, mi viejo Rey, mi buen Rey encarnado para la eternidad en Don Juan Carlos de Borbón, pero yo no me puedo callar ante tamaña audacia de lucir en una mesa democrática –o dizque democrática- la voz tronante de un Rey, por antigüedad y estirpe, haciendo callar al mitayo, al canela, al negroide. Que me perdone Juan Carlos pero ya no somos los esclavos no negros de su geografía pobre y en retroceso que invirtió en los viajes al nuevo mundo, y recuperó su nombre y su fama en los mares del otro mundo. Que me perdone Juan Carlos pero ya no somos los otros, los difíciles, los sin alma, los mulatos, los indios sin sangre y sin ley. Ahora, somos los cimarrones del menos pasado y más del futuro. Ahora te hago callar yo. Porque la vida da vueltas. Y en esta vuelta tú ya no nos hallas solo educativos y grandecitos. Sino que usamos un idioma menos cerrado y más abierto para pensar la dignidad y la tristeza desde la alegría, por ejemplo, a partir de García Márquez, que llevó a España (y a Europa), otro español, un estilo de labrar la imaginación, destemplado Rey. Eso te faltó para sosegar a Hugo Chávez: imaginación. Tan solo imaginación, Juan Carlos.
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