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Childerico Cevallos | E-mail: chcevallos@eldiario.com.ec
Los desfiles

Ahh, los desfiles. ¡Cuánta atracción ha generado en todas las generaciones!!

Domingo 21 Octubre 2007 | 21:04

De mis primeros años de muchacho recuerdo la tendencia a seguir a los integrantes de las llamadas “bandas de guerra”, atraídos por el fuerte sonido de las cornetas, del retumbar de los tambores y por el imponente paso del cachiporrero, siempre un punto aparte. Destacaban los impecables uniformes. Para los padres de familia era un honor la participación de sus hijos en las bandas. En Portoviejo el 17 de octubre desfilaban las escuelas y el 18 los colegios, instituciones públicas, bomberos y militares. En aquellos tiempos participaban casi todos los estudiantes y sus profesores, haciendo de la cita cívica una verdadera fiesta provincial, pues acudían delegaciones de todo Manabí y hasta de ciudades como Guayaquil. Y el desfile era un abrazo entre hermanos, una sana y colorida exhibición de disciplina, civismo y de orden, guiado por las bandas que, en sana competencia, la que más lucía marcialidad siguiendo el paso que imponía el cachiporrero, aquel personaje con licencia propia para hacer con su bastón los malabares que deleitaban a los espectadores. Con el crecimiento poblacional ahora los estudiantes desfilan el 17 y las instituciones el 18. Así lo demanda una mejor administración. Y está bien. Sin embargo, si la tradición sigue su curso, el atractivo ya no es el mismo. En su conjunto, el exceso de protagonismo - sembrado por los llamados instructores de bandas - los convierte en un tedioso paso de una larga columna de caminantes, pues se dejan hasta tres cuadras de espacio entre grupos, castigando a la ciudadanía que tiene que soportar el tedio y el canicular sol. Inclusive, los desfiles en algún momento terminan en batalla campal entre colegios que mantienen injustificable rivalidad. Pero no dejan de ser el imán principal de las fiestas. Casi como que si fuera la única diversión gratuita para el pueblo. Por eso hay que rescatarlos. Mejorarlos, especialmente en lo de las bandas marciales y las cachiporreras, cuyos integrantes entregan sus esfuerzos que hay que aprovecharlos más y mejor. Las bandas, exceptuando la del colegio Santo Tomás, se han quedado en el pasado. No hay creatividad. Hay que renovar repertorio. Los desfiles deben ser una combinación de marcialidad y de alegría, y para ello se requiere empezar a tender hacia la musicalización de las bandas y a las comparsas; es decir, transformarlas a conjuntos orquestales para que entreguen música, no solamente sonidos. ¿Fácil? No, pero si posible. El increíble potencial musical que encierran nuestros jóvenes tendrá oportunidades mayores para expresarse. Para ello hay que organizar en los colegios, especialmente, los departamentos correspondientes para la enseñanza de música instrumental; y para adiestrar a las bastoneras como “cheerleaders”. Ganan: el alumno, el colegio, la comunidad. ¿Qué hacer? En nuestra próxima entrega trataremos de posibilidades.
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