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Childerico Cevallos | E-mail: chcevallos@eldiario.com.ec
Libertad de prensa
Childerico Cevallos

Una prensa libre es esencial para la existencia de la democracia y una meta fundamental para la humanidad.

Domingo 20 Mayo 2007 | 22:15

El artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos manifiesta: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión”. La Declaración de Windhoek, en Namibia, África, reconoció que una prensa libre, pluralista e independiente era un componente esencial de toda sociedad democrática. A raíz de esto la Unesco, en 1991, promovió el 3 de mayo como el Día Mundial de la Libertad de Prensa. En docenas de países de todo el mundo se censura, multa, suspende y clausura a publicaciones, mientras se acosa, ataca, encarcela, detiene y asesina a periodistas, editores y redactores. La libertad de prensa tiene un papel vital en el fomento de democracias sanas y sociedades libres. En muchos países, ejercer el periodismo con frecuencia implica arriesgar la vida para obtener la noticia, y las agresiones contra periodistas no son la única amenaza a la libertad de prensa. Las restricciones gubernamentales a los medios también evitan que el público obtenga información importante cuando ocurren crisis importantes. La libertad de prensa es una condición fundamental para una democracia sana y un aliado poderoso en el combate contra la pobreza, la enfermedad, la corrupción, la ignorancia y el analfabetismo. El ex director general de la Unesco, Koichiro Matsuura, dijo, en relación a los periodistas, que “La libertad (de estos) para hacer su trabajo está indisolublemente vinculada con goce más amplio de los derechos básicos y las libertades fundamentales”. Libertad de información es un ingrediente esencial para cualquier democracia saludable y que funcione. Si los ciudadanos no tienen acceso a la información gubernamental, no pueden saber qué están haciendo sus funcionarios público ni pueden llamar a rendir cuentas a aquellos que eligieron para que administren el estado de buen manera. En un ambiente de secreto, la corrupción y la desconfianza pública florecen. La libertad de expresión, maximizada en la libertad de Prensa, es la constante que en todos los estados marca el grado de libertad que se vive en ellos. Coartarla es intentar estrangular ese derecho supremo que otorga la democracia a los hombres civilizadamente organizados. De ello no cabe duda. Quien lo desee, voluntariamente puede prescindir de ese derecho: será su decisión. Pero nunca le deberá ser negado si lo reclama, y si así sucediere, debe pelear por obtenerlo: es su obligación. Sin embargo, la libertad a decir lo que pensamos del prójimo o de sus acciones tiene sus parámetros limitantes: la moral, la ética, la educación y la inteligencia, o las leyes establecidas para el efecto cuando los excesos suelen presentarse. Es que la libertad de información puede ser también una libertad para la confusión y la degeneración, dependiendo de quiénes y cómo se ejerza ese derecho. Eso queda bajo la égida de su conciencia.
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