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Cortesía en el tránsito
Cortesía en el tránsito
Por: Ricardo de la Fuente

Domingo 07 Diciembre 2014 | 04:00

Hace treinta, cuarenta años, conducir un vehículo era muy diferente a lo que es hoy en Ecuador y en casi todos los países. Haga memoria el veterano lector y recuerde todo lo cómodo que se podía estar en calles y carreteras, donde las congestiones de tráfico eran prácticamente desconocidas.

 La razón era muy simple: si bien había más tierra y menos asfalto; rutas más angostas y escasez de gasolineras, también existían muchísimos menos carros por número de habitantes y consiguientemente, menos controles.

Recuerdo haber demorado dos días en viajar desde Portoviejo hasta Cojimíes en mi indestructible Land Rover, debido a que se utilizaban caminos vecinales y la playa sólo en marea baja. 
Hoy hay una autopista (“prohibido olvidar”, diría uno que yo sé).
En otro viaje de largo aliento, fui a Cuenca y regresé…¡sin licencia ni matrícula!, ¡qué tiempos aquellos en que Eduardo Vélez andaba hecho una bala y Carlos Castro, a ritmo mucho más lento, ignoraba olímpicamente el rojo de los primeros semáforos de Portoviejo. 
Simplemente no les paraba bola y hasta donde supe, nunca lo chocaron.
Hoy, conducir es tarea complicada, cosa seria. Hay cientos de carros en las vías, ciclistas, peatones, buses, tricicleros, semáforos, pasos cebra y hasta Ley de Tránsito.  Los padres ya no enseñan a conducir a sus hijos, sino las academias de conducción. Las mujeres al volante dejaron de ser un peligro constante y aunque siguen sin entender un pito de mecánica, al menos conducen tan bien o mejor que los hombres, faltaría más.
Nuestros reflejos se han adaptado al cambio de los tiempos y de los autos. Hoy se conduce mirando no sólo el parabrisas, sino las ventanas laterales  y espejos retrovisores. 
El indicador de giro, que antaño era un adorno, hoy es imprescindible para anticipar nuestras intenciones, igual que la importancia de las luces altas y bajas. 
Y, quien lo diría, los choferes nos hemos vuelto más corteses que antes, cuando imperaba el sistema “primero yo y después yo”.
En Manta, al menos, donde el semáforo paraliza el tráfico y la cuadra completa se llena de carros en menos que canta un gallo, hasta los taxistas frenan en la bocacalle anterior para no “corchar” el paso de los que circulan trasversalmente. Esto ya es una norma comúnmente acatada por la mayoría de los conductores, al igual que ceder el paso a los peatones con un gesto caballeroso de la mano. Entonces, señores, bien dice el dicho: no hay mal que por bien no venga. 
Hasta la próxima.
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