Actualizado hace: 1 hora 34 minutos
MONTAJE EL CINE AL DÍA
Noche sin fortuna

Pocos autores escribieron tanto sobre sí mismos como el colombiano Andrés Caicedo, muerto por una sobredosis de barbitúricos en 1977, a los 25 años de edad. Su suicidio fue, por así decirlo, planeado (ya lo había intentado dos veces en 1976), por eso dejó tantas cartas a sus amigos, tantas páginas de diarios, tantas columnas literarias y cinematográficas que no solo componen el grueso de su obra sino, sobre todo, una especie de autobiografía que, póstuma, continúa escribiéndose.

Lunes 23 Junio 2014 | 04:00

 

En los últimos años, Caicedo ha evolucionado de figura de culto en Colombia a ícono pop y freak de Latinoamérica: era, de alguna manera, un marginado, pero los que viven al margen lo han puesto en el centro. Tenía el pelo largo y el rostro afilado como un rockero, pero era tartamudo y más bien tímido. Escribía mucho y muy rápido; el arte lo afectaba de una manera igualmente intelectual y sentimental. A pesar de haber sido un tipo con visión de rayos X, capaz de desmenuzar películas y libros hasta las partículas más elementales, era frágil, incluso débil, y no tenía ningún plan de adaptarse al mundo. Caicedo, entonces, era un antihéroe que sentía demasiado: leerlo es tenerlo cerca, hablar con él, escucharlo. Ahora que los años han pasado y que su obra ha logrado viajar y conectar con gente que no sólo siente que lo entiende sino que también protege y estira su leyenda, aparecen cosas como Noche sin fortuna (estreno reciente en www.cinepata.com), un documental que intenta, que sigue intentando, revelar la vida “real” de Andrés Caicedo. A través de los testimonios de sus amigos más cercanos, sus colaboradores y varias de las personas que lo acompañaron hasta el final (entre ellas Patricia Restrepo, el gran amor de su vida, el destino de sus últimas palabras), Caicedo continúa ganando carne. Curioso, después de ver la película quedan varias extrañas certezas. La generación hippie de Latinoamérica (tal vez la de todo el mundo), la que creía que los jóvenes tenían la razón, no pudo con su propia época y terminó acomodándose entre sus enemigos, camuflada entre la maleza de realidades que cubrió sus ideales. Y también queda claro que la gente quiere saber más sobre Caicedo no para conocerlo a él sino para conocerse a sí misma, para darse fuerzas y hasta para perdonarse tanta soledad.     
Cada vez son más las personas, jóvenes sobre todo, que se sienten unidas a la causa de Andrés Caicedo. ¿Cuál es esa causa? Irónicamente: vivir. Caicedo, su obra y su aliento, han sobrevivido porque nos hacen compañía, porque tienen algo que decirnos cuando los demás se han quedado sin palabras y nos muestran la espalda. Aunque no lo conocimos, aunque jamás lo oímos respirar, desde que él se fue ya nunca estuvimos tan solos como antes. 
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