Actualizado hace: 25 minutos
EL JUEGO DE LA FORTUNA
MONTAJE EL CINE AL DÍA

A finales de los setentas, mientras trabajaba como guardia en una fábrica de frijoles enlatados, Bill James escribió un libro en el que trató de explicar la gran pasión de su vida, el beisbol, con una ecuación matemática. Los editores deportivos pensaron que los turnos nocturnos habían vuelto loco a un fanático desesperado y se negaron a publicarlo. Más de veinte años después el equipo con menor presupuesto de la liga americana ganó veinte juegos seguidos aplicando el método Bill James.

Lunes 06 Febrero 2012 | 00:00


Ese equipo eran los Atléticos de Oakland, que por esos días tenían a Billy Bean (Brad Pitt), un supuesto niño prodigio del beisbol que nunca lo logró, como su principal dirigente y a Peter Brand, un jovencísimo economista graduado en la prestigiosa universidad de Yale, en una posición insólita: matemático de cabecera. Bean, Brand y el álgebra de James enfrentaron un siglo de tradición deportiva, un sistema que hasta entonces parecía funcionar perfectamente y, aún más grave, un estilo de vida que tenía felices a millones y millones de personas. Y cambiaron las reglas del juego para siempre.

El juego de la fortuna no es tanto una historia deportiva como la crónica de una estructura social que, mal que mal, acepta los riesgos y aplaude a los ganadores así estos hayan sido, en un principio, del bando contrario: para los gringos la victoria es victoria venga de donde venga. No se va al campo de juego a menos que sea estrictamente necesario, no le da los papeles principales a los jugadores y en vez de resolverse con hazañas de proporción olímpica lo hace con diálogos, mostrando emociones y poniendo en práctica sus ideas. Dirigida por Bennet Miller (Capote) y escrita por dos grandes, Steven Zaillan (Gánster Americano) y Aaron Sorkin (La red social), ésta película resulta profundamente americana, hace posible lo imposible y sostiene la teoría de que en la tierra donde ya todo se ha inventado, siempre habrá algo más que inventar.

El mejor jugador de este equipo es, sin duda, Brad Pitt, sospecho que sin él –y también sin Kerris Dorsey, la niña que interpreta a su hija y canta como un ángel– habría sido muy pero muy complicado involucrarse en tanta dialéctica deportiva. Pitt deja ver las intenciones secretas de su personaje, su revancha personal, sus ganas de ocupar el lugar que alguna vez le prometió la historia. No se trata de ganar un par de juegos y ser el fenómeno de la temporada, lo que realmente pasa por su cabeza es que el mundo sepa que después de Billy Beane las cosas no volvieron a ser las mismas.<

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