Actualizado hace: 33 minutos
Genealogía del engaño
Genealogía del engaño
Por: Eduardo Brito Mieles

Jueves 19 Enero 2012 | 00:00

Averiguar los orígenes remotos de la mentira, es un esfuerzo quimérico y riesgoso.

Es como si preguntáramos, ¿qué es el Hombre?, tarea en la cual las ciencias se dan la mano, sin hallar la respuesta para conocer nuestra humanidad esencial como personas. La dificultad es mayor tratándose de la genealogía del engaño, de dónde nace y por qué perdura. Dada la ignorancia íntima de no saber quiénes somos, la averiguación queda fallida y sólo es posible decir que los móviles profundos de la conducta humana, corren en la sangre, se definen y crecen con los hábitos y costumbres sociales; maduran y perecen según la cultura formativa o degenerativa de cada persona. El dicho popular “genio y figura hasta la sepultura” ilustra el tema de identificación psicológica y conductual. Pudiera ser que entre esos móviles estén los genes hereditarios, la débil formación moral-intelectual, degradada o deformada, sin excluir los hábitos mentales de cada persona. 

Un aspecto aleatorio para el engaño es que el corazón no siempre es puro, ni late con armonía. Su fragilidad e imperfección permiten que sea proclive a la mentira, agravando las taquicardias constantes en sus latidos, sin que esto obviamente convierta al corazón en autor responsable de los engaños, cuyo origen de intimidad psicofísica – personal, conlleva una fisiología común que opera de la cabeza a los pies en forma totalizante. 
La falsedad y el engaño salen a flote en las palabras, en las acciones y omisiones, hasta volverse patéticos y visibles en cualquier circunstancia, como la de hoy por ejemplo, siglo XXI con todas sus evidencias de ética degenerada especialmente en la política artesanal ideologizante y en las relaciones sociales – de vecindad y trabajo diarios; en el sexo indiscriminado corrompido y compartido. También por el mal reparto del botín político y atracos a espaldas del pueblo. Ayer y ahora, la falsedad, las mentiras y el engaño en el mundo, tienen el mismo rostro, el mismo origen e iguales efectos perniciosos. Son reales e indisimulables, tanto que, con o sin anteojos los palpamos a diario, especialmente en ciertas instituciones del poder público, regional o nacional e internacional, verdad tan clara, que para verla, nos basta abrir los ojos y comprobarlas. Lo sorprendente y repudiable es que no causan estupor en la sociedad, ni los efectos destructivos del engaño generan todavía reacción correctiva en la autoridad. Se quedan a nivel de vergonzosos escándalos nada más. Para cosas y comportamientos de este estilo, recuerdo a J.L. Borges diciendo: “menos mal que piadosamente Dios nos depara sucesión y olvido”, sucesión, digo yo, para que vengan otros a lo mismo, y olvido transitorio para mañana empezar de nuevo sobre lo mismo, siendo un imperativo de dignidad el oportuno y ejemplar castigo, cuando en base del engaño y la mentira, los demagogos violan las leyes y las reglas de la ética individual y social. 
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