Tony Touma Álvarez

Los antivalores de la familia

Lunes 04 Diciembre 2006 | 17:46

Casi sin proponérselo, la familia suele ser el resguardo de los fracasados, de los malos estudiantes, de los empleados ineptos, de los maleantes, de los embusteros, de los corruptos... Cuando el grupo familiar tolera estas conductas sin hacer reproches, o con las mínimas críticas, tal situación sirve para razonar sobre el fenómeno de la tolerancia excesiva en el ambiente familiar.

Cuando la familia de un contrabandista progresa alrededor de los miembros que se dedican a este oficio, casi nadie puede recriminarles que no se justifiquen diciendo que “así lo hacen los de arriba”. Del mismo modo, la familia del peculador se siente obligada a respaldar en silencio a uno de sus miembros delincuentes para que se mantenga la ficción de unidad familiar, o para que los “beneficios” del transgresor se viertan en el patrimonio económico de sus parientes. Es dramático saber que ahora nadie recibe, como antes, una censura familiar por la incompetencia laboral, y ésta se acepta de manera silenciosa como si fuese un asunto sin importancia en la vida diaria. Dicha actitud interna se refleja después negativamente en la vida diaria. Es en la familia donde aprendemos el valor del trabajo; como hoy casi todas las parejas trabajan, los hijos escuchan todo el tiempo las quejas, los reclamos, las injusticias que se cometen contra los padres, reciben el ejemplo de que el trabajo es una fuente de problemas, angustias y estrés, casi nunca de agrado o de satisfacción. Esto es lo que le transmiten los padres a los hijos sobre el valor del trabajo. La incoherencia propia conduce entonces a la indiferencia por lo ético en los demás. Vale decir, yo no doy las batallas por herencia personal y por lo tanto no se la pido a nadie. Esto conduce a seguir un clima permisivo frente a las grandes y pequeñas corrupciones; frases como “consiga la planta mijo, consígala honradamente; y si no la puede conseguir honrradamente, consiga la plata mijo” han sido entendidas por el imaginario colectivo como una forma de permisividad. Y, en definitiva, el ambiente familiar es el que más puede lograr la reconstrucción del tejido moral de un país. El ejemplo personal es la “correa de transmisión” de valores positivos pues hace evidente la coherencia. Con el beneficio cómplice de las transgresiones, los antivalores se instauran en la familia y se despliegan de una y otra manera hacia el trabajo, en lo social, económico y de ese árbol social crecen torcidas las ramas del aparato del Estado.

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