Actualizado hace: 39 minutos
MONTAJE
Coraline (o las puertas de la percepción)

Esta no es una película para niños. La vi en una sala repleta de padres e hijos que, a medida que avanzaba la cinta y ante inminentes amenazas de llanto, se fue vaciando de a poco hasta quedar en un cómodo término medio.

Domingo 03 Mayo 2009 | 21:43

Más que una película, Coraline es una experiencia, un momento, la suma de varias sensaciones que por lo menos yo no atravesaba hace rato. La vi en 3D, hundido en un asiento de la segunda fila que me dejó con tortícolis y náuseas. Pero todo valió la pena. Lo volvería a hacer. Mientras me adentraba en otra dimensión, de la mano de la psicodelia y por el camino de la imaginación desbordada, no podía dejar de pensar que los mismísimos Pink Floyd estarían orgullosos de prestar su música para ambientar el vuelo. La pequeña Coraline llega de Michigan a un lugar remoto y solitario en el estado de Oregon. Sus padres son escritores especializados en plantas y jardines. Se han mudado a una casa antigua llena de goteras, de fusibles que saltan, y sus vecinos son, por decir lo menos, personajes excéntricos. Coraline extraña a sus amigos, se siente sola, aburrida y medio desubicada en su nuevo hogar, que más parece una bodega, pues la familia no ha terminado de desempacar y las cajas se amontonan en los rincones. En esa casa hay una puerta secreta que lleva a un mundo paralelo. Coraline, que de pronto es demasiado valiente hasta para una película, la atraviesa sin temblar, es más, la atraviesa emocionada y encuentra lo que parece ser la respuesta a todas sus plegarias: un lugar donde sus sueños son reales, se pueden tocar, se pueden comer y se pueden vivir. Pero como nada es gratis en la vida hablamos, obviamente, de una trampa, una trampa mortal. En rigor, Coraline es hija del talentoso y visionario director Henry Selick, el mismo que en 1993 se alió con el gran Tim Burton para dar vida al “Extraño mundo de Jack”, sin duda, una de las mejores películas sobre la navidad y la soledad que se hayan escrito jamás. Selick extrajo la historia de una novela gráfica de Neil Gaiman, toda una celebridad en el medio, un escritor original y oscuro que sabe perfectamente cómo distorsionar a su antojo eso a lo que nosotros, tan vanidosos y pueriles, llamamos realidad. El mix Selick/Gaiman funciona como un reloj suizo que, sin equivocarse, no siempre marca el tiempo hacia adelante y mucho menos se acomoda a los husos horarios. La puerta que abre Coraline es, como dijo Jim Morrison, la puerta de la percepción. Y antes de pasar bajo su umbral hay que saber que no sabemos nada.
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