Actualizado hace: 5 horas 17 minutos
Danny Cevallos
Antinomia politiquera

Basta retomar la historia reciente del empedrado camino de nuestra cuasidemocracia y concluir, sin necesidad de escarbar demasiado, en la abundancia de anhelos creados en los electores en virtud de las promesas y ofertas de campañas propuestas por todo un conglomerado de candidatos de una diversidad ideológica cambiante e inquietante, que parecerían coincidir súbita y mágicamente hasta adaptarse a los lineamientos doctrinarios de los gobernantes y tendencias de turno.

Domingo 26 Abril 2009 | 21:51

¿Evolución u oportunismo? Sin necesidad de aplicar un silogismo complejo, la respuesta cae por su propio peso; y, por si queda algún rastro de duda, con el pasar del tiempo y ya sintiendo la confianza y la prepotencia que el poder suele inspirar en algunos, los hechos desnudan las falacias y corroboran la teoría. Aquellos anhelos constituyen en gran parte el caldo de cultivo de la demagogia, del cual se alimentan los politiqueros, mas no un verdadero estadista. Parecería ser que la estrategia es prometer y ofrecer, y luego procurar maquillar en algo la realidad, pero sin el ánimo de fondo de solucionar lo realmente primordial y básico para el bienestar colectivo, puesto que atender estas necesidades resultaría en una especie de acabose de la fuente de demagogia, ya que el inconformismo general y la pobreza resultarían ser las mejores herramientas y plataformas a explotar por un politiquero. Frente a esta realidad parecería ser que hemos caído en una especie de conformismo, asimilando inconscientemente, unas veces, la teoría del mal menor como una especie de placebo colectivo ante la parsimonia de gobernantes de turnos y resignación ante esa realidad; y en otros casos, soliendo rebelarnos al cobijo de la invocación de verdaderos héroes revolucionarios de antaño, pero volviendo de manera amnésica a los sistemas anteriores, solo que con nombres y fachadas distintas, pero siempre conservando el mismo fin manipulador de convencimiento de masas a través de la explotación de sus más viejos y profundos anhelos. Ante aquello, podríamos decir, entonces, que nuestro pasado político y de gestión pública ha estado divagando en una especie de antinomia de anhelos basados en promesas electorales y frustraciones fácticas que a fin de cuenta nos dejan igual. He allí la necesidad de meditar la concesión del voto, tomando en consideración que cada elector, en sí mismo, representa un ser con capacidad de discernimiento y libertad de acto; eso sí, teniendo presente para tal efecto la verdadera concepción de libertad; es decir, no entendiéndola como el libertinaje que persigue imponer una voluntad que permita hacer y decir lo que se nos viene en gana en cualquier momento y sin medir lugares, sino aquella que permite que, dentro del marco de las reales y posibles opciones, y sin tratar de ignorar las circunstancias momentáneas inexcusables, nos permite elegir entre opciones de ser y proceder que se acomoden más a nuestros anhelos y al verdadero bien común.
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