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Al-Qarawiyyin
Al-Qarawiyyin
Por: Keyla Alarcón
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Miércoles 06 Mayo 2020 | 04:00

Tuve la suerte de conocer, pocos años atrás, la primera universidad fundada en el mundo, Al-Qarawiyyin, la que educa desde el 859 d.C. hasta la actualidad, a las personas ávidas de conocimiento de Fez, Marruecos y el mundo. La erigió la emigrante Fátima al-Fihri, poseedora de una gran riqueza y quien practicó el ayuno como un acto religioso durante el lapso de la construcción.

Al-Qarawiyyin educó a personajes como el papa Silvestre II, quien introdujo los números árabes a Europa, y al célebre Maimónides, médico y religioso judío -sefardí, entre otros eruditos que han aportado desde el islam. 
La “madrasa” -escuela en el mundo árabe- es la oportunidad que tienen hoy las mujeres del ámbito musulmán para abrirse caminos impensables años atrás, en leyes, medicina, ciencias naturales y otras áreas.  En Ecuador la universidad inicial fue la de San Fulgencio, creada en 1603, indica el historiador guayaquileño Efrén Avilés, ésta se estableció en Quito “para que se remedie la pobreza y mejoren las condiciones de la provincia”; desapareció en 1786 por lo que le seguiría en antigüedad la Universidad Central del Ecuador.  La primera mujer que se tituló en la universidad ecuatoriana fue la médica Matilde Hidalgo de Prócel, pionera en el derecho al voto y la educación; sin duda ella al graduarse, en 1921, marcó un antes y un después.  
Sí, la universidad es uno de los caminos para la equidad de género y para el avance en los derechos colectivos, agudiza la conciencia social, faculta el alcance de la producción y la riqueza, promueve el desarrollo científico y cultural, entre otros requisitos para alcanzar una sociedad más justa, letrada y menos vulnerable al engaño y la tiranía. 
Hoy, en medio de la crisis, denominada humanitaria por los defensores de los derechos humanos, valoramos, más que nunca, el papel de la universidad y de la ciencia para afrontar la enfermedad, sin duda sobreponemos sus criterios a los adoptados por los políticos. Por ello qué indignante que el gobierno siga equivocándose vez tras vez, ahora con la academia, torpedeando las pocas oportunidades que tiene el país para recuperarse a futuro.  La reducción de presupuesto a las universidades denota que el gobierno sigue prefiriendo los intereses del conglomerado burocrático, que no aporta al país, por sobre los derechos de miles de jóvenes y docentes, a quienes condena a la pobreza.  ¡Qué pena que el presidente no quiera entender que los mayores agravantes de la crisis sanitaria son la desigualdad social y la corrupción burbujeante y que éstas se combaten con la educación! 
Hoy más que nunca necesitamos de la universidad para la construcción del nuevo orden mundial; es inadmisible su debilitamiento. 
 
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