Actualizado hace: 40 minutos
Daniel Gascón
El miedo de los demás

Una de las cosas más fáciles de despreciar es el miedo de los otros.

Domingo 29 Marzo 2020 | 11:23

Quizá su temor sea exagerado, pero conviene recordar que los miedos de los demás siempre parecen más irracionales que los nuestros. Puede ser un mecanismo de defensa: nos da miedo el miedo de los otros por si pudiera convertirse en el nuestro.  Como el coronavirus empezó lejos y afectaba más a personas mayores y con otras patologías, no era difícil pensar que no iba con uno del todo. Son dos peligros: insensibilidad hacia los demás e imprudencia hacia el riesgo que corre uno mismo.

Uno de los efectos del miedo es la tentación autoritaria. Hay líderes antiliberales que aprovechan la emergencia; otros elogian la respuesta de regímenes dictatoriales. Especulamos con tolerar más intromisión estatal en nuestras vidas y, junto a muchos ejemplos de solidaridad, se observa también esa tendencia en quien afea su poco compromiso al vecino. Otra consecuencia del miedo es el aturullamiento y la tardanza, quizá influidos por el deseo de que las cosas no fueran tan graves al final. Con errores propios —como el chapucero manejo de datos de nuestro Gobierno, que ha señalado Javier Sampedro—, sorprende que muchos Ejecutivos cometen fallos similares. El sociólogo Luis Miller señalaba la paradoja de que los gobiernos solo toman medidas drásticas cuando la percepción del riesgo es muy alta, y para entonces es demasiado tarde.
Hay una impresión de cambio de época. Veremos si logramos contener al virus —y nuevas oleadas que exigirán un precio social— y reactivar la economía: como para predecir las consecuencias históricas. Algunos creen que desnudará la incompetencia de los populistas, pero los populistas pueden instrumentalizar la pandemia. Gideon Rachman ha hablado de un refuerzo del nacionalismo. El Estado tiene la responsabilidad y los recursos logísticos y emocionales para afrontar una crisis así: es su hora. Pero la enfermedad también revela fragilidades e insuficiencias: de coordinación en el interior, de dependencia mutua en el exterior. Muchas de las soluciones no pueden ser locales y exigen una intervención decidida. Los países europeos que la rechazan desprecian el miedo de los otros: ese desdén se disfraza de argumento moral, pero como ética es fallida y, en términos de utilidad, contraproducente. Como los galos de Uderzo, lo que todos tememos es que el cielo caiga sobre nuestras cabezas, pero puede desplomarse de muchas maneras distintas.
 
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