Actualizado hace: 33 minutos
Augusto Manzanal Ciancaglini
Perspectivas potenciales

China hoy vive el menor ritmo de crecimiento de las últimas décadas y su voracidad económica, con el predador endeudamiento que genera, se resiente ante la guerra comercial con Estados Unidos. A la vez, aún carece, por prudencia y falta de fuerza, de una plataforma de bases militares en el extranjero para desarrollar una hegemonía plena a través del collar de perlas.

Lunes 08 Abril 2019 | 04:00

 China hoy vive el menor ritmo de crecimiento de las últimas décadas y su voracidad económica, con el predador endeudamiento que genera, se resiente ante la guerra comercial con Estados Unidos. A la vez, aún carece, por prudencia y falta de fuerza, de una plataforma de bases militares en el extranjero para desarrollar una hegemonía plena a través del collar de perlas. 

La expansión de China sufre significativas trabas: el poder marítimo de las omnipresentes Fuerzas Armadas de los Estados Unidos y los circundantes rivales históricos o con control de los cuellos de botella; desde Japón, que da forma a su plan de rearme valorado en 242.000 millones de dólares durante los próximos 5 años, pasando por Corea del Sur, Filipinas o Vietnam, hasta la India, pieza clave en el flujo por el estrecho de Malaca de los recursos necesitados por los chinos.
Con su economía estancada, los métodos y los propósitos de Rusia son más enrevesados: en su área de influencia directa agarrota sus vecinos mediante dependencia o el patrocinio de Estados no reconocidos como Abjasia.
En cuanto a Occidente, con la doctrina Gerasimov, Rusia emplea cada vez más métodos híbridos para conseguir sus objetivos. La confusión se ha mostrado como un arma eficaz y expele una especie de síndrome de la isla Sentinel del Norte, en referencia a sus habitantes, los cuales asesinan inmediatamente a los forasteros. 
Por otro lado, Moscú muchas veces muestra cierto pragmatismo en su política exterior: el reciente y sorprendentemente efusivo saludo de Putin con el príncipe Mohamed bin Salmán en el G-20 presagia que Arabia Saudita puede entrar a formar parte de ese extraño engrudo geopolítico segregado por el Kremlin para prevalecer.
Al mismo tiempo, el fracking estadounidense empuja a Riad a conseguir una cooperación más estrecha con Rusia en la administración del precio del crudo. Y la CIA ha hecho público el apoyo de la República Islámica de Irán a Al Qaeda durante los últimos 15 años, lo cual ha servido de excusa para mantener el pulso con Teherán; la entrada en vigor de las nuevas sanciones ha provocado que la persiana de Persia vuelva a caer.
Por todo esto, la sociedad entre Washington y Riad sigue vigente, es verdad que siempre ha sido polémica y ahora, con el famoso asesinato de Jamal Khashoggi, parecería incluso más execrable. Sin embargo, esta creciente focalización en las acciones sauditas fuerza a encontrar algunas justificaciones para atenuar la imagen poco creíble que proyecta la alianza entre la democracia más antigua del mundo y una de las pocas monarquías absolutas de la actualidad. 
Una talasocracia como Estados Unidos está obligada a navegar entre teocracias y dictaduras para desplegar y mantener el divide et impera entre amigos y enemigos ostensibles o simbólicos. A una Europa hambrienta de gas le corresponde una identificación positiva en ese juego.
 
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