Actualizado hace: 7 horas 33 minutos
Portoviejo
La niña dijo: “pórtate bien que ya regreso”, luego murió

Nada debería sorprenderlo, pero al andar, cuando acude a una emergencia, suele estremecerse con alguna situación.

Martes 14 Agosto 2018 | 04:00

 Silvano Pilay Moreno ya no es el muchacho de 22 años; aquel que entró a la Defensa Civil con ganas de servir, aprender y arriesgar su vida si era necesario a favor de otras personas. Ahora tiene 54 años de edad y mantiene esas ganas de servirle al prójimo.

En el organismo de socorro, donde estuvo más de 20 años, cumplió la función de guardaalmacén, pero cuando el caso ameritaba le tocaba ponerse botas, impermeable, y buscar el lugar del suceso para trabajar en conjunto con socorristas.
Y si por esas cosas de la vida faltaba un conductor, allí estaba Silvano para llevar a su equipo hasta el corazón mismo de la tragedia. Fueron muchas las aventuras y los compañeros que vio pasar por la Defensa Civil. 
Necesidades.  La década de 1990 fue quizás la más recordada en la provincia por la presencia del fenómeno El Niño. El invierno pegó de tal forma que varios cerros “se derritieron” entre Santa Ana y Pachinche.
Las muertes y desgracias por el deslizamiento de colinas fueron continuas. En las acciones de socorro participó el personal de la Defensa Civil, donde Silvano Pilay era “el duro” de las provisiones. La responsabilidad sobre sus hombros era saber el detalle de lo existente y su distribución.
“Muchas veces tocaba poner del recurso de uno para comprar alimentos o herramientas de trabajo, pero el amor al oficio primaba”, expresó. 
Esfuerzo.  Las necesidades económicas eran suplidas por la predisposición de los voluntarios, muchas veces arando con las manos para sacar a un cuerpo o tratar de hallarlo con vida.
“Estuve en Las Guaijas de Santa Ana, también en el deslizamiento en Pachinche. En Ambos casos las horas de trabajo fueron interminables”, recordó.
En Las Guaijas, citó, hubo recuperación de cuerpos, pero también ante la cantidad de sedimentos fue necesaria la declaratoria de camposanto porque llegó el momento que no pudieron hacer más.
En ese tiempo el primer deslave fue en Río Caña, luego en Las Guaijas, Pachinche Adentro, Bahía de Caráquez y en Jipijapa.
Otros aires.  En el 2013 entró a laborar como conductor de ambulancia para el Ministerio de Salud. Labora en el cantón Tosagua.
Al mes de haberse incorporado a sus funciones le tocó vivir una experiencia que lo hace llorar cada vez que la recuerda.
Cierto día le tocó recoger a una niña quemada, que debía ser llevada desde el hospital de Chone a Guayaquil; se trataba de un caso delicado. La menor fue acompañada por su mamá y un hermano.
El viaje fue normal hasta llegar al sitio La Encantada de Rocafuerte, entonces el equipo médico optó por ir al hospital de Rocafuerte para pedir ayuda y estabilizarla antes de seguir con el viaje. De pronto la niña se dirigió a su hermano y le dijo: “Pórtate bien que yo pronto regreso…”.
Los paramédicos estallaron en llanto. La mamá de la niña la miró de lejos y expresó: Ya está en el cielo. Dios, por qué me la quitaste”, segundos después los galenos confirmaron el deceso de la pequeña.
Para alguien acostumbrado a ver cuerpos destrozados o descompuestos, oír la despedida de una niña moribunda es algo que no ha podido olvidar. Aquello lo hace valorar la existencia, indicó.

 

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